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Onceava audiencia del juicio a dos represores de la CNU La Plata

En una nueva jornada del juicio a los represores Carlos “Indio” Castillo y Juan José “Pipi” Pomares tres testigos aportaron su visión de la CNU desde las miradas documental, histórica y de investigación periodística. Apabullado ante la contundencia de la información, el “Pipi” Pomares pidió hablar y desvarió durante casi una hora haciéndose la víctima. Las audiencias continúan el lunes 28 de agosto a las 10.00 en los tribunales federales de 8 y 51.

(HIJOS La Plata) Buenos Aires-  En primer término Claudia Bellingeri, perito judicial de la Comisión Provincial por la Memoria sobre el archivo de la ex Dirección de Inteligencia de la Policía de la Provincia de Buenos Aires (DIPPBA), continuó con la exposición que había iniciado la audiencia anterior. Completó la descripción de los archivos de inteligencia de la bonaerense, entre los que se encuentran las fichas personales de algunas de las víctimas del juicio como el gremialista del hipódromo Carlos Domínguez, asesinado por la CNU el 12 de febrero del ’76, de quien aseguró la perito que “aparece hasta el último volante que sacó la agrupación sindical, donde llama a los trabajadores a recuperar el gremio intervenido y a luchar por la reincorporación de los cesantes”.


La misma información presentó en el caso de Leonardo Miceli, estudiante de la UTN y trabajador de una tercerizada de Propulsora, de quien figura información sobre una detención anterior que sufrió el 17 de octubre de 1970 y las denuncias que su familia realizó tras su secuestro el 20 abril de 1976, lo que según la perito “da cuenta de cómo la inteligencia policial construye a las víctimas”. Además, en el caso de Miceli se encontró en el archivo de inteligencia un legajo sobre el hallazgo de su cadáver acribillado junto a los de Horacio Urrera y Carlos Sathicq, hecho que la inteligencia de la bonaerense compartió especialmente con el Batallón 601 de inteligencia del Ejército en materia de antecedentes y evolución del caso.

También describió el legajo de hallazgo de los cadáveres de Néstor Dinotto y Graciela Martini, secuestrados y asesinados por la CNU el 4 de abril del ‘76, hecho que la inteligencia policial cifró como “Nº4815” en la Mesa “DS” del archivo, que hacía referencia a hechos sobre lo que calificaban “Delincuentes Subversivos”.

Respecto a los imputados figuran amplios antecedentes de ambos. De Pomares se consigna una detención y fichaje de mayo de 1972, cuando realizaba pintadas de la Concentración Nacional de Estudiantes Secundarios (CNES) colateral secundaria de la CNU que integraba junto a Néstor Causa, Gerónimo Gualla, Juan Carlos Gomila, Alberto Arana Maderna y Alberto Lampusano, entre otros.  En el caso de Castillo existen varios documentos sobre las causas por tenencia de armas, robos, atentados y asociación ilícita que continuó cometiendo en la década del ’80 y ’90. También figuran los contactos que la banda tenía con los grupos de tareas de López Rega y las áreas de inteligencia estatal, a través de una empresa privada de investigaciones denominada “Servicios Suratlánticos”, registrada en Mar Del Plata en los ’70 donde compartían negocios los peces gordos de la represión Aníbal Gordon, César Enciso, Leonardo Miguel Save y el mismísimo Otto Paladino, uno de los fundadores de la Triple A y en dictadura jefe de la SIDE.

Finalmente la perito describió un organigrama de la CNU La Plata realizado por la DIPPBA donde ubican a Castillo como jefe, a Pomares como segundo o “Capitán” y a otros represores como “Pucho” Sánchez, Miguel “Turco” Nasif y Raúl “Chiche” Mendoza como integrantes de la banda.
El siguiente testigo fue el docente e investigador en Historia de la Facultad de Humanidades de la UNLP, Juan Luis Carnaghi, convocado para describir el contexto histórico en que se cometieron los crímenes de la CNU, principalmente a través de los conceptos de su tesis doctoral “Nacionalistas, católicos y peronistas. Auge, afianzamiento y reconfiguración de la CNU La Plata, 1955-1974”.

Carnaghi afirmó que su motivación inicial fue investigar con mayor profundidad lo que suele denominarse genéricamente como “derecha peronista”, precisar su cronología y el peso de la CNU dentro de ese espacio. Puesto a describir los orígenes y consolidación de la CNU como grupo con identidad y actividades propias, lo describe como el resultado de dos tradiciones distintas en el campo nacionalista: por un lado la trayectoria individual, político-intelectual, de su mentor Carlos Disandro, su proceso de radicalización de ideas sobre la tríada peronismo-universidad-catolicismo, y una trayectoria de militancia política del nacionalismo juvenil platense, básicamente el grupo Tacuara, que confluyó en el Instituto Cardenal Cisneros, que dirigía Di Sandro, en el germen de la CNU, cuyo nacimiento se ancla en 1965 pero tenía una década de formación. De hecho dos de los líderes de la primer CNU La Plata, Martín Salas y Félix Navazo, provenían de Tacuara.

Sobre el Programa político CNU, el docente afirmó que el grupo estaba muy anclado en la idea de reivindicar el restablecimiento de la ley universitaria peronista 13.031 de 1947, como una batalla contra la autonomía universitaria, por la designación de autoridades desde el ejecutivo nacional y de control del poder de los claustros. A su vez en términos de acción se basaban en la impugnación de otros actores políticos tanto humanistas como reformistas o de izquierda, ya que según Carnaghi “en su esquema no había lugar para esos actores”.

Con una etapa de crecimiento y despliegue de acciones en la universidad entre 1965 y 1971, según el historiador la CNU se reorganiza y baja su actividad desde ese año, en parte por las consecuencias legales del atentado y asesinato de Silvia Filler que cometieron en la Universidad de Mar Del Plata en diciembre del ’71. Desde allí para el año ’73 se reconfiguran en lo que Carnaghi denomina un “Cártel político sindical” (concepto que toma de la definición “power cartel” que el historiador británico Ian Kershaw realizó analizando el fenómeno del ascenso del nazismo) y donde distintos actores políticos, en este caso CNU y UOM-Juventud Sindical Peronista-62 Organizaciones, coincidían en la acción por tener un ideario común en el catolicismo ortodoxo y el anticomunismo y ciertos objetivos compartidos, centralmente hacer prevalecer el ala derecha del movimiento peronista en el proceso político. En ese sentido puede entenderse la evolución del grupo inicial de la CNU, el crecimiento de sus acciones violentas desde los hechos de Ezeiza en junio de 1973 y su vinculación desde 1974 con el Estado provincial, ahora en manos de un hombre de la UOM como Victorio Calabró, para cumplir un rol represivo.

Puesto a describir la relación entre Di Sandro y Perón, el historiador recordó las visitas del intelectual al líder en Puerta de Hierro en 1967, la copiosa correspondencia que fluía entre ambos y la adscripción del propio Perón al concepto de “sinarquía” para resolver la puja existente por la identidad peronista entre las diversas corrientes del movimiento.  Esa dinámica de “depuración ideológica” a la interna del movimiento peronista, según Carnaghi también se reflejó en la política universitaria local, en una lucha contra el modelo inclusivo de la UNLP que venían desarrollando los sectores ligados a la izquierda peronista, y con los asesinatos de los dirigentes Rodolfo Achem y Carlos Miguel en octubre de 1974 como máximo exponente.

En la concepción del historiador Perón realiza una opción por ese “Cártel político-sindical” y desacredita al sector de la Tendencia revolucionaria, a los que tacha de “infiltrados, apátridas o falsos peronistas”, sobre todo desde la puesta en práctica de Documento Reservado del Consejo Superior Peronista de octubre del ’73 que obliga a “denunciarlos y combatirlos por todos los medios”. Tal opción puede verse en el derrotero de Perón respecto a las ideas del marxismo, que según Carnaghi “primero lo desaprueba, luego en el exilio alienta a los sectores de izquierda del movimiento, pero finalmente ya en 1973 termina condenando la idea de quienes pugnaban por construir un socialismo nacional”.

A continuación el periodista Daniel Cecchini explicó los pormenores de la investigación que realizó junto a Alberto Elizalde Leal, que fue publicada por entregas en el semanario Miradas al Sur y está compilada en el libro “La CNU - El terrorismo de Estado antes del golpe”. El periodista dijo que la motivación esencial de su trabajo, iniciado en 2010, fue que si bien había investigaciones sobre la Tiple A o el Comando de Libertadores de América que operó en Córdoba, no existían muchos había trabajos sobre la CNU. Además como platense y militante en los 70, en su caso en el PRT, conocía a algunas de las víctimas. En la indagación periodística pudieron determinar al menos 68 casos de víctimas de la banda de Castillo contados al detalle en el libro.

El autor aseguró que “siempre los blancos fueron estudiantes, docentes, sindicalistas de base, funcionarios de la universidad, y militantes, nunca personas armadas ni que pertenecieran a organizaciones armadas”. Describió al grupo como integrado por 40 o 45 personas, con un núcleo duro de 15 integrantes, más 5 o 7 que rotaban prestando apoyo. “Todas las fuentes coinciden en señalar que el jefe era Castillo y Pomares un integrante importante”, dijo Cecchini, y en el núcleo duro, o los que siempre estaban en los operativos, ubicó a Ricardo Walsh, Dardo Quinteros, Ricardo Calvo, Vicente Álvarez y Alfredo Lozano. Y algunos que actuaban aunque en menos ocasiones eran Jacek Piechoki, Gerardo Rafael Blas y Patricio Errecalde Pueyrredón, entre otros.

Además planteó tres etapas en la historia de la CNU: entre ‘67/’71 como grupo de choque de la derecha en la universidad, desde 1974 como herramienta del terrorismo de Estado del gobierno de Victorio Calabró, y desde Octubre de 1975 funcionando para la represión bajo la órbita del Batallón de Inteligencia 601 del Ejército. Sobre la etapa inicial del grupo, Cechini recordó la figura de Carlos Di Sandro y contó que lo tuvo como profesor en el Colegio Nacional.

También rememoró que en 1964 Perón había designado a Di Sandro como delegado de la juventud en el movimiento peronista, y que el profesor había nucleado varios pesados de la represión en su Instituto Cardenal Cisneros del barrio “El Mondongo” como Néstor Beroch, el subjefe del Distrito Militar, Mario Lopez Osornio y el policía Jorge Vicente Schoo. De hecho aseguró que a través de los contactos con Schoo, director del Liceo Policial y la Escuela Vucetich, Di Sandro daba cursos sobre la “sinarquía” en la Jefatura de Policía. Cecchini ubicó al grupo inicial de la CNU rompiendo asambleas universitarias y apaleando a estudiantes de izquierda. Pero ya a partir de los gobiernos de Héctor Cámpora y Oscar Bidegain, con la avanzada de la izquierda peronista en ámbitos de poder, el grupo realiza una escalada de violencia con atentados y amenazas de muerte.

Sobre el período en que se desplegó el terror de Estado desde el gobierno de la provincia de Buenos Aires,  el periodista afirmó que “la CNU fue un engranaje de las prácticas del terrorismo de Estado en el gobierno de Calabró. Este accionar era no sólo tolerado, sino propiciado por el gobierno y se realizaba en conjunto con la burocracia sindical y la policía bonaerense”.

Entonces recordó la primera operación grande de la CNU La Plata del 6 al 8 de agosto de 1974 tras cinco blancos: el militante de la JUP Luis Macor, el sindicalista del SUPE Carlos Enio Pierini, el histórico de la resistencia peronista Horacio Chaves y su hijo Gonzalo, secretario de la JTP, y la docente y decana de Humanidades Reyna Diez. Para Cecchini es el hecho inaugural del modus operandi de sembrar cadáveres acribillados como un mecanismo de diseminación del terror.

Sobre los contactos de la CNU con la policía bonaerense, el periodista recordó que el coordinador desde la Unidad Regional era Julio Cesar Garachico, que hubo al menos 3 policías en la banda (Alfredo Lozano, Roberto Storni y Vicente Álvarez) y que varios de los operativos tenían obvia cobertura policial o “zona liberada”, como los casos del asesinato de Mario Gershanik, realizado a una cuadra de la Jefatura, o de Ricardo “Patulo” Rave, con dos patrullas cortando la calle mientras era secuestrado a pocas cuadras de la comisaría 2da. “Una fuerza irregular no puede hacer esos operativos, y si tiene protección policial de fuerza irregular no tiene nada, es parte del aparato represivo”, sentenció Cecchini.

Finalmente sobre el período final de la CNU, Cecchini opinó que en el contexto de la puesta en vigencia a nivel nacional del decreto de “aniquilamiento de la subversión” de 1975, se dio la coordinación de acciones entre la inteligencia militar y las bandas paraestatales. Contó que con Elizalde Leal pudieron constatar que a partir de una reunión en el Sindicato de Papepleros en Bernal se acordó que la CNU pasaba a depender del Batallón 601 de Inteligencia del Ejército.

La investigación de Cecchini y Elizalde Leal detalla que por órdenes del coronel Alejandro Arias Duval, jefe del Destacamento de Inteligencia 101 de La Plata, se juntaron el jefe de Prensa y Difusión del Ministerio de Bienestar Social, Miguel Ángel Tarquini (a su vez jefe de la Zona Sur de la CNU), el agente del 601 Orestes Vaello, gente del sindicalista papelero Fernando Donaires y varios suboficiales de la Bonaerense, del Ejército y de Prefectura, y el comisario mayor Alberto Pacheco (alias “El Mono”), encargado desde la Bonaerense de bajar las órdenes a la banda de Castillo. El testigo dijo que este pase de mando del grupo puede constatarse tanto en el pasaje del CNU Emilio Centeno Quiroga al Destacamento 101, como en el accionar de la banda en el cordón industrial del gran La Plata, con los asesinatos de Salvador Delaturi, Carlos Scafide, Leonardo Miceli y Carlos Satich, todos militantes y trabajadores en empresas de aquella zona. “Después del golpe los grupos que habían participado en el terrorismo de Estado previo al golpe se integran al plan represivo. Y pasamos de los cuerpos acribillados en descampados a la desaparición forzada de personas”, concluyó Cechini que habló por casi dos horas.

Sobre el final de la audiencia, el asesino Juan José “Pipi” Pomares realizó una ampliación de indagatoria, derecho que tiene como imputado pero que no utilizó para defenderse de hechos puntuales sino para desvariar. Con un discurso desordenado y lastimoso, sin aceptar preguntas de las querellas, el “Pipi” trató durante tres cuartos de hora de pintarse como una víctima de la situación y en el intento debió ser asistido por las instrucciones de su abogado Néstor Salas, a quien definió como su “amigo”. Comenzó diciendo que hablaba porque había escuchado “muchos disparates y mentiras” durante todo el juicio. Prometió decir la verdad “sin provocar a nadie” y en una muestra de su primaria mixtura de peronismo y cristianismo aseguró “La verdad es la única realidad.

La verdad es una sola, aunque cada uno tiene su propia verdad”. Siguiendo con los pasajes místicos dijo que “a Dios no lo echa nadie de ningún lado, él está acá escuchando todo”, en clara alusión al pedido de retiro del crucifijo de la sala de audiencias que había realizado la querella de Justicia Ya. “Cuando la majada es flaca el cordero es gordo” se entusiasmó Pomares, “y a mí me vienen engordando desde hace 10 años, cuando leí en internet: ‘Pomares, la cara más visible de la CNU’”.

Intentó despegarse de la banda de la derecha peronista diciendo que nunca fue a la universidad, y que recién está terminando el secundario. “Me han salpicado con sangre que nunca derramé. No soy el que ustedes quieren que yo sea”. Relató que fue detenido y sufrió cárcel en la Unidad 9 en dictadura, sin agregar que en una causa por cometer robos comunes haciéndose pasar por policía junto al resto de los CNU, y sentenció: “Ninguna fuerza me protegía, me torturó la policía de Camps”.

La única defensa puntual que realizó sobre lo que se dijo en el juicio fue contestar a la declaración de Daniel Pastorino, uno de los sobrevivientes del operativo donde la CNU asesinó a Néstor Dinotto y Graciela Martini, que había dicho que quien manejaba el auto en que los secuestraron era Pomares y que lo reconoció con bigote en una rueda de fotos que le exhibieron en el juzgado de instrucción.

Pomares intentó desligarse diciendo que cuando joven no tenía bigote porque no le salía, y que no tenía registro para manejar, aunque sí lo hacía porque dijo que le robaba el Siam Di Tella al padre, que lo castigaba por ello. Tras hablar largo tiempo con los ojos cerrados, llorar, gritar y hasta recitar unos versos de la marcha de la bronca dijo: “Fui, soy y seré un militante peronista. Fui un eslabón más en la cadena de la resistencia peronista. Yo me enamoré del león herbívoro”, en alusión a Perón. Y agregó que “los peronistas fuimos víctimas siempre, fuimos el fiambre del sándwich, por derecha y por izquierda siempre nos fagocitaron”.

El asesino denunció que como parte del tratamiento que recibe por una hemorroide crónica le hicieron en Marcos Paz una colonoscopía sin anestesia que lo dejó sangrando: “Uso toallas femeninas para no manchar la silla”, dijo, y agregó que “esto es por ser preso de lesa humanidad, si fuera preso común me atenderían mejor”. Y hasta se animó a emular a su ex mentor Carlos Di Sandro al asegurar que “en la historia del mundo la lengua ha matado más que la espada”, una críptica declaración que Pomares y sus compinches de la CNU aún vivos sabrán mejor que nadie lo que significa.

El juicio está llegando a su etapa final ya que, según lo estipulado por el tribunal, el lunes 28 de agosto se escuchará una ampliación de declaración del “Indio” Castillo y se dará inicio al alegato de la fiscalía.

 

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