Red Eco Alternativo ***

Vivir quemados, incendiar Francia

Nada tiene de sorprendente que un sistema que se basa en precarizar la vida de la gente, sea un sistema precario que en cualquier momento puede quebrarse.

(Sarah Babiker – El Salto) Francia - Durante la última semana, después de que Nahel, un adolescente de 17 años fuera asesinado por la policía durante un control 2023 francia elsalto1de carretera, las llamas han vuelto a ser la respuesta a la conciencia de injusticia. Esta rebelión, protagonizada por miles de chavales de origen migrante, ha sido señalada como algo otro, vandalismo ejercido por agentes externos a lo francés, por más franceses que sean quienes están en las calles. Y es que en plena escalada de alterización nadie se ha planteado que quemar cosas como forma de protesta es una costumbre bastante francesa.

Por otro lado, la represión policial no es solo un problema de las juventudes racializadas francesas sino que afecta a toda la ciudadanía que protesta y planta cara a un régimen de achicamiento del estado social, como bien saben los chalecos amarillos o quienes se manifestaron contra la reforma de pensiones. Tampoco la muerte de Nahel ha interpelado solo a las personas de origen migrante, prueba de ello fue la masiva Marcha Blanca que el pasado 29 de junio recorrió la ciudad del adolescente en su memoria.

Hay una cuestión de sujetos y de escala. Sujetos a los que ni siquiera se consideran sujetos sino masas que optan por reventarlo todo porque esa sería su costumbre, su inercia bárbara, ese es el imaginario que se extiende como la pólvora por las narrativas europeas, que se empeñan en estrechar el foco, centrarse solo en estas secuencias tan cinematográficas de chavales indistinguibles entre sí corriendo, saqueando o increpando a la policía. Elige este relato deleitarse solo en una violencia, la que se ejerce contra las cosas, los edificios, los coches. La violencia que se ejerce contra las personas, contra esos mismos jóvenes de manera rutinaria, esa no sale en la fotografía.2023 francia elsalto2

No hablamos sólo de cuando la policía mata a quemarropa a un chico como ellos, sino también de una violencia más sutil, indistinguible para quien no lo haya vivido, para los ciudadanos de bien que viven en la ficción de que cada cual está donde se merece, y disfruta de la Francia hermosa, de sus mieles, en lugar de pudrirse en sus abandonadas periferias. La violencia de que tu cuerpo sea siempre sospechoso, carne de redada, de mirada de sospecha. Que tu cuerpo sea considerado un cuerpo extraño en el país donde naciste.

Hace unos años Sarkozy —el mismo que llamó chusma a la juventud de las banlieue cuando los barrios estallaron en 2005 como respuesta a la muerte de dos adolescentes—  preguntó a los franceses por la identidad francesa. La propuesta encajaba con un identitarismo francés que es la otra cara del racismo colonial, este anhelo de preservar una idea de país de lo que se señala desde partidos nacionalistas y medios de comunicación, desde programas políticos o desde el urbanismo, como una infección. Miles de personas son consideradas en su propio país una amenaza, un factor que contamina. Fuera de ese foco fascinado con el fuego, de esa mirada que solo quiere ver pruebas para reafirmar su teoría de que quienes protestan son gente de segunda, caprichosos bárbaros, quedan las humillaciones ejercidas en el pasado y el presente.

2023 francia elsalto3En un hilo de twitter el veterano periodista francés François Camé despliega una genealogía de esta humillación que arranca en la colonia y se perpetúa en la contratación de trabajadores en origen, mano de obra barata a la que se pesaba, media y miraba los dientes antes de ser embarcados a la metrópoli. No había mucho de la próspera Francia para ellos; alojados en barracones eran reducidos a brazos, un ejército proletario al servicio de bajar los costes laborales de las grandes empresas. Esa es la gente que acabó viviendo en los feos HLM, en las banlieues. Mientras se les imponía la asimilación cultural se les excluía en el resto de sentidos: geográficamente, económicamente, habitacionalmente. En un país orgulloso de la belleza de sus ciudades, de su patrimonio histórico, se reservó lo más feo a las personas migrantes en una exclusión “estética” que les recordaba a ellos y a sus hijos y sus nietos que no merecen lo bueno y lo elevado, lo bello, una pedagogía del sobrar, que deslegitima tu existencia generación tras generación.

Es a esa humillación histórica y cotidiana a la que prenden fuego estos jóvenes, quemando comisarías o coches, autobuses y escuelas. Uno no quema lo que siente propio, sino que se ensaña contra aquello que considera espacio enemigo, de agresión. El respeto a la policía y las instituciones, el apego a las ciudades, funciona cuando las consideras tuyas, si te protegen, si te acogen. La gente tiene la costumbre de despreciar a quienes les desprecian.

Nota completa: https://www.elsaltodiario.com/opinion/vivir-quemados-incendiar-francia

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