Red Eco Alternativo ***

Despierta la palabra

Una entrevista con Reina Maraz, la joven migrante que fue condenada por el crimen de su marido sin que pudiera comprender el proceso judicial en el que estaba envuelta. Tras 6 años en el sistema penal y con el acompañamiento de organizaciones y organismos como la Comisión Provincial por la Memoria pudo declarar en su lengua materna, el quechua, apelar su sentencia y conseguir su absolución y libertad. ¿Cómo era cuando llegó a la Argentina y cómo se siente hoy? ¿qué añora, qué espera y qué sueña? (Boletín ANDAR)

(Agencia) “Está muy bien que se enteren todos en todos lados. Nosotros, aunque hablemos quechua, tenemos que salir a luchar para que esto se termine aquí, para que no le pase a las otras compañeras”, dice Reina Maraz a través de Gilma Calicho una compañera que oficia de intérprete. A su lado, la hija de Reina de 5 años dibuja y repite “yo voy a salir a luchar”. La niña pinta usando todos los colores que tiene a mano, traza una figura de pelo negro al lado de la otra, con las manos abiertas y hacia arriba, con remeras estampadas, sonrientes, todas las figuras son femeninas.

Reina dice que ahora se siente bien, que está feliz y agradecida pero que “ha sido muy difícil estar tanto tiempo adentro, y todavía me falta un poco para salir”. Es un despertar paulatino que comenzó  el día que pudo hablar por primera vez en quechua ante la intérprete que designó la justicia luego de la intervención de la Comisión Provincial por la Memoria (CPM). En los últimos seis años Reina pasó 7 meses en una comisaría, 2 años y medio en la unidad penal 33 de Los Hornos, y 1 año de prisión domiciliaria; atravesó un juicio donde pudo testimoniar por primera vez en su lengua lo que había pasado. La declararon culpable del homicidio de su esposo y la condenaron a prisión perpetua. Esperó 2 años más que se resuelva la apelación de esa sentencia. “Ni siquiera yo lo hice y me echaron la culpa a mí, no sabía ni cómo defenderme, tampoco hablar castellano. En ese momento no era como yo, parece que estaba como muerta, como ‘estoy soñando’”, define Reina.

En total esperó seis años presa del sistema penal en sus diferentes modalidades hasta que la cámara de Casación consideró su testimonio, valoró las pruebas de su caso sin prejuicios y la absolvió.

¿Qué fue lo primero que se te vino a la cabeza cuando te dijeron que estabas libre?

Yo estaba en la casa y me avisó Frida –la intérprete que la acompañó durante el juicio- , no lo podía creer y me puse a llorar. Me sentí como mareada, no me sentí que estaba yo. Primero me dieron libertad condicional ‘¿qué será?’ decía yo, y entonces el 30 de diciembre me avisaron de Casación que me dieron la libertad”. Reina cuenta que su familia en Avichuca “no entienden bien qué es libertad”, que cuando le dieron la noticia llamó a su mamá que se puso a llorar, “y yo también lloré”.

Ahora empezó a trabajar en un emprendimiento gráfico del MTD Lucha y libertad en Lugano. Sus actuales compañeras se acercaron a ella a través de la campaña contra las violencias hacia las mujeres y tejieron a su alrededor una red de contención. Reina aprenderá a hacer cuadernos y va a poder ir con su hija al trabajo, además de llevarla al jardín que le queda cerca. “Mis compañeras me dieron un trabajo, me siento feliz con eso, voy a empezar a trabajar y voy a ahorrar mi platita para sacar adelante a mis hijos”, traduce Gilma que es parte del movimiento y va a acompañar a Reina en su nuevo trabajo. “Es bueno porque ahí la mayoría de las compañeras hablan en quechua y castellano también, y hacemos talleres de género, entonces ella se siente bien”, explica la intérprete.

El silencio

Al recordar su casa natal Reina se entristece. “En Bolivia, en el campo, mi lugar es muy silencio. No conocíamos ni los colectivos, ni el gas, cocinábamos con leñita, es una pena mi lugar. Ahí crecí desde chiquita, iba a la escuela y me enseñaban en quechua, llegaba en dos horas, iba a pie. Mi mamá y mi papá están acostumbrados en el campo, pero es triste estar ahí. Viví ahí hasta que tuve mis 15 años y a los 15 me concubiné con mi marido y ya era diferente convivir con él. Mi hijo tenía nueve meses cuando volví a quedar embarazada y nos mudamos al lugar de mi marido que es cerca del pueblo, ya no tan campo campo”, recuerda.

Al tiempo Limber Santos, su marido, decidió venir a Argentina “y se perdió dos años”. Reina quedó viviendo con la abuela de Santos y subsistiendo con lo que vendía “ambulando en la feria, vendía pollitos”. Un día el hombre volvió con la intención de llevarse  a los chicos “y yo sin pensar me vine. Él le dijo a mis hijos vámonos, quería sacar a la fuerza a mis hijos y yo no quería, entonces también decidí venir”, cuenta Reina.

¿Qué fue lo más difícil de esa época?

Es muy diferente saliendo del campo aquí en la ciudad, todo, no era fácil para mí. Cuando llegamos y salía a la calle todas las casas que parece que se están perdiendo … Caminar aquí era muy difícil, vivir también. Me asustaba cuando veía los colectivos grandes, para cruzar la calle era muy complicado, me costó montones, hasta ahora… no aprendí casi nada. Ni con la comida podía acostumbrarme, era muy diferente. Primero vivíamos con mi cuñada y no era fácil vivir con ella, y yo no sabía ni cocinar ni comprar, era muy diferente para mí.

Desde la Comisión por la Memoria definen la situación de Reina como la intersección de múltiples violencias: de género, sexual, económica, étnica, de clase. “Ya no me acuerdo bien qué edad tenía yo. Seguro era como una niña también, me volví zonza como mis hijos. No era fácil vivir con mi marido, y él no me soltaba también. Me quería volver a Bolivia pero no podía. No podía ni entrar a la cabina (de teléfono) para hablar a Bolivia. Aunque me pegaba, aunque me trataba así yo era acostumbrada con mi marido, yo le quería” recuerda Reina sobre ese momento.

Esa rutina de violencia fue interrumpida y reemplazada tras el crimen de su marido por una nueva: la de la violencia estatal. “Me llevaron a una comisaría, no sé qué comisaría será. Ni a la policía conocía yo porque en Bolivia no existe policía, en el campo no vas a ver eso. Cuando me llevaron a la comisaría era un cuartito bien chiquitito y estaba ahí encerrada. Yo entré de un mes embarazada y ahí adentro me enteré, era una pena para mí llevar el embarazo dentro del cuarto chiquitito, no me llevaban a controlar nada y no podía ni avisar, no podía ni comunicarme con nadie. Yo no estaba como yo”. Reina intenta encontrar las palabras para definir eso que le pasó, y Gilma interpretarlas para transmitirlas.

A Reina la detuvieron en noviembre de 2010 y  la llevaron a una comisaría en Quilmes. También detuvieron a Tito Vilca, un vecino al que su marido la ofrecía como moneda de cambio de deudas. Recién en febrero de 2011 detectaron su embarazo y a pesar de haber comprobado su estado demoraron 4 meses más en llevarla a la Unidad Penal 33, la única habilitada en la provincia para madres con sus hijos e hijas y mujeres embarazadas.

Otra vez se encontró sola y sin poder comprender qué pasaba alrededor. “Cuando llegué era muy diferente para mí, tampoco podía hablar, harta gente había, hartas mujeres y se reían de mí”, describe Reina. Entre las detenidas se encontró con otra mujer boliviana “con esa compañera me encontré y ella me dio como un consejito y me ha hecho entender un poco, y me pusieron en la escuela, en primer grado, dos años fui pero no pasé de grado, no podía por ningún lado, no podía”, se lamenta.

En 2011 la entrevistó un equipo del Comité contra la tortura, el programa de la Comisión Provincial por la Memoria que inspecciona lugares de encierro. Al detectar que Reina no se comunicaba en español y no comprendía cabalmente las circunstancias en que se encontraba la CPM comenzó a intervenir en su caso también a través del programa de Litigio estratégico y de  Pueblos originarios y migrantes. “Así estaba nomás y aparecieron de la Comisión. Yo no sabía nada: en qué causa estaba, cómo sería mi carátula, estaba todavía ahí y ahí vinieron con alguien que hablaba quechua y recién en ese momento me comuniqué”, recuerda Reina.

La voz

El día que la CPM llegó con la intérprete fue el día que Reina habló y la comprendieron después de mucho tiempo de silencio. “Fue como si estaba durmiendo y en ese momento me sentí como que estaba despertando. Ellos me han hecho entender, ellos me avisaron, por este motivo estás aquí … vos lo habías matado a tu marido, me dijeron”, y lo reparador de comunicarse se mezcló con la confusión de las pesadillas. “Me sentí muy mal, me puse a llorar, yo le dije que yo no lo hice ¿por qué me están manejando así? Harto lloraba, con nada me conformaba, lloraba no más. Cuando me avisaron era como una sorpresa para mí y desde ese día que me ayudaron ya pudieron acompañarme”, dice Reina.

Desde la CPM comenzaron a trabajar junto al defensor oficial de Reina de cara al juicio: se logró anular la única audiencia celebrada en el caso hasta ese momento y realizar una nueva con la presencia de Frida, la intérprete designada por pedido del organismo para Reina; se consiguió que le otorgaran a Reina la prisión domiciliaria y así se fue llegando al escenario del juicio. “yo pensaba… me dijeron que ahí cesaba todo; entonces pensaba que me voy a ir, eso pensaba, no pensaba estar esperando tanto tiempo. Cuando tuve el juicio ahí empecé a contar como vivía yo, cómo sufrí pero ahí no me escucharon. Y en el juicio dicen que me dieron cadena perpetua, eso no entendí”, se amarga Reina.

Gilma explica que en sus pagos en Bolivia cada pueblito tiene un corregidor, una persona dirige al pueblo y administra la justicia. “Entonces cualquier cosa que pasa se llama a mamá, papá, marido mujer y arreglamos. Una sola vez te van a citar y ahí tiene que terminarse todo, tiene que solucionarse. No ir a encerrar o esas cosas. Cuando se muere alguna persona no hacen ni autopsia nada, llevan a enterrarla”, comenta la intérprete.

Pero la justicia argentina no contempló nada más que el alegato del fiscal y el Tribunal Oral 1 de Quilmes -integrado por tres mujeres- condenó a Reina por homicidio doblemente agravado por alevosía y premeditación. Reina pudo hablar a través de Frida y la justicia no quiso escuchar una sola palabra: no creyó en su inocencia, no incorporó una mirada intercultural, no evaluó las violencias que Reina sufría.

Había que apelar, encontrar los oídos que quisieran escuchar. El caso de Reina llegó a la Cámara de Casación penal, pero ante la justicia ya no llegó la misma Reina. Frente a los jueces de la sala VI de ese tribunal se paró una mujer cuya voz se hizo oír. En quechua. Se plantó una mujer que era miles como ella. Y fue absuelta.

“Me quedo muy agradecida con hartas mujeres como yo, bolivianas de campo también, de lo que me ayudaron. Harto les agradezco porque a veces, como no podemos hablar, como soy boliviana, me dejan de lado. Capaz que porque no podemos hablar no nos hace valer, pero harto me ayudaron las compañeras, todos me ayudaron, ellas me pusieron la fuerza para salir adelante”, dice ahora Reina, a través de Gilma y de tantas otras.

Despertar

Cuando Reina sonríe su cara se ilumina con una luz breve que desaparece velada por el peso de las tristezas que acumula. La más pesada es la distancia con sus otros dos hijos “Me sentí bien contenta, y yo pensaba que cuando me dieran la libertad me iba a Bolivia a ver a mis hijos, pero tengo que esperar un poco más para que vaya a verlos, siempre me falta algún pedazo porque así no estoy tan conforme”, lamenta.

Pero sabe que ya no es como antes: “ahora ya se puede todo, pero está bien que aprendemos que todo se puede. Cada persona tenemos futuro para salir adelante y harto me pusieron la fuerza, sí que voy a salir adelante con mis hijos”, afirma. Sabe que no será fácil pero tiene planes “aunque no tengo nada trabajando voy a salir adelante, aunque sea me voy a comprar un lote chiquitito para mis hijos, por ahora no tengo nada, no tenemos ni una casa, mis hijos están viviendo en casa de mis papás. Me va a costar mucho. Pero sí voy a poder; tanto tiempo me perjudicaron, ya es tiempo, ya pasó 6 años. Me va a costar mucho, pero con ese poder voy a salir adelante”, dice Reina y su voz se escucha firme y clara. Reina está libre y despierta.
 
La libertad cuesta cara
Tiene un olor dulce/ está envuelta en papel barato / el problema de la libertad es que después da mucha hambre
Nei Zuzek
 

 
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