Red Eco Alternativo ***

El abismo

Vislumbramos el abismo todos los días. En cada acción, en cada movilización, en todas nuestras presencias militantes cuando con éste, con aquel y con pocos o con muchos, disputamos en la calle o en cualquier local gigantesco o pequeñísimo, la dura pelea por la justicia, por la dignidad, por el poder popular. Pero a veces también tenemos la oportunidad, conveniente oportunidad, de anclar nuestras consignas en el dato duro, implacable, que nos referencia ese abismo global frente al cual nos encontramos. Por Cynthia Pok (*)

Es el caso cuando nos encontramos, por ejemplo, con que el 30,3% de nuestro pueblo está en la pobreza. Que a los hogares indigentes les faltan, en promedio, 2.224 pesos por mes sólo para poder comer. ¿A qué otra cosa que a esa nos remite la consigna El hambre es un crimen? La brecha no es imaginada. Está ahí, dimensionada, cuantificada. ¿Puede alguien hablar de los fríos números con esas cifras? Más que fríos, son escalofriantes.

Y cuando miramos adentro de ellos, encontramos aún mayores aberraciones: si en el total de la sociedad encontramos ese 30,3% de personas en la pobreza, en el caso de nuestros pibes y pibas, la incidencia de la pobreza es mucho mayor. El 45,8 % de los niños y niñas de hasta 14 años son pobres. Casi la mitad.

¡Ese es el escenario en el cual se instala la discusión sobre la baja en la edad de imputabilidad! Nuestra consigna No a la baja tampoco está, por lo tanto, en un escenario imaginado. Allí están nuestros niños y niñas, a merced de los poderes, para hacerse cargo, ser depositarios, de un esquema delincuencial que ciertamente no se origina junto a la pared de cartón sino en los refinados barrios privados con piscina climatizada. Es el único momento en que no es verdad que el Estado se ha retirado. Allí está, para legislar, para juzgar, está para capturar, está para reprimir.

Para enfrentar esta situación no se nos debe olvidar repensarla siempre. ¿Cuál es el motor de esta fábrica de pobres? ¿Cómo funciona? ¿Cómo se recarga? La primera herramienta que sirve para repensar la maquinaria está en preguntarse en torno a dos cuestiones básicas de la sociedad: como se produce y como se reparte. Esta sencilla (¿?) relación explica la mayor parte de nuestra accidentada vida social.

Cómo se produce nos conduce rápidamente a los temas del trabajo, del empleo, de la desocupación, del subempleo, la precariedad laboral, etc. El cómo se reparte nos remite básicamente a los salarios y al excedente empresario, entre otras fuentes de ingreso.

¿Cómo se relacionan ambos campos? Una aberración simbólica en torno a esta relación es la que ocurre periódicamente en Buenos Aires. Allí, la Sociedad Rural hace una exposición del agro y la industria y cobra entrada al pueblo (bastante cara por cierto) para ir a ver el resultado de su propio trabajo. Apropiación simbólica lisa y llana.

Más allá del simbolismo, ya hace tiempo el IPYPP ha demostrado, en términos de la producción global del país, que de 8 horas con 22 minutos que trabaja un/a trabajador/a, sólo 2 horas se traducen en salario . El resto, es puro excedente empresario. Ese contexto también permitió calcular que con sólo el 7 % de ese excedente era posible eliminar en forma total la pobreza.

La conclusión lógica del cálculo coloca el problema nítidamente en la distribución del producto social, que no se condice con la participación en la generación de dicho producto, que es resultado del trabajo incorporado al mismo.

En otros términos, es un problema del reparto, no de la insuficiencia de recursos. Se desmonta así el mito amenazador del empleo y el salario como excluyentes entre sí. No es que deben mantenerse bajos los salarios porque si no los empleadores deben despedir. El excedente cubre holgadamente ambos aspectos. Lo que difícilmente aceptan los empleadores es una redistribución que afecte sus extraordinarias ganancias.

Forman parte del mito las distintas variantes de la teoría del derrame, donde primero hay que crecer y luego repartir. No existe ese plazo temporal y la única manera que la copa derrame es quebrarle el pie. En síntesis, la pelea es por empleo y salario, en conjunto y no es después que sucedan cosas sino que es ahora.

Y este reparto ¿de dónde procede? Las formas del trabajo hace rato que tomaron distancia de lo que es el la historia oficial del mercado de trabajo.

El modelo Heidi supone lo que se había llamado el asalariado típico, el de ocho horas de trabajo, salario de convenio, cobertura social, con un solo empleador inconfundible, físicamente ubicado en el local de su empleador para desarrollar su tarea.

Pero sobre este modelo, -que ya era un modelo de explotación-, se abatieron hace mucho tiempo lo que hemos dado en llamar los cuatro jinetes del apocalipsis: la precariedad laboral, la flexibilización, la intermediación y la externalización, con su sucedáneo más común, la tercerización.

Lo que se había manifestado como detalles de irregularidad del sistema, la excepción, el problema localizado, pasó a ser la característica. Las situaciones de ese tipo dejaron de ser una franja marginal, excepcional. Pasaron a ser el núcleo duro del mercado de trabajo. Un ejemplo de la magnitud de estas situaciones de vulnerabilidad, es que el 33,6% de los asalariados no está registrado (4to trim. 2016) , con datos más extremos en el Noroeste, de 40,8% y alto también en áreas de mucha población como es el Conurbano Bonaerense, zona en que asciende al 36,4%.

Esa y otras formas de fragilidad operan debilitando el vínculo laboral de los/as trabajadores/as, llevándolos a la fragmentación y a la dispersión, y actuando como presión sobre quienes aún mantienen un vínculo más sólido con su trabajo.

Si el modelo del asalariado típico ya era un modelo de explotación, de más está decir que éste es de sobreexplotación o de hiperexplotación, lo cual impregna al conjunto del mercado de trabajo y a su dinámica.

Un indicador importante es el de la desocupación abierta. Afecta a toda la clase, pero por supuesto intensifica sus efectos sobre las mujeres y sobre los jóvenes. Ni que hablar cuando se dan ambas condiciones a la vez (mujeres jóvenes).

De hecho, la desocupación abierta fue, (en el 4to trim de 2016) de 7,6 puntos.

La particularidad del período fue un descenso (leve) de la desocupación, pero eso sólo sería una buena noticia si se acompañara con un crecimiento del empleo, (dado que los desocupados habrían encontrado trabajo). La situación no fue esa. No creció el empleo y bajó la actividad, mostrando lo que técnicamente se llama refugio en la inactividad, es decir el desaliento que lleva a abandonar la búsqueda de empleo.

Complementariamente, también es de señalar que se mantiene duplicando a la desocupación abierta el conjunto de trabajadores que, aun teniendo algún trabajo, busca activamente empleo.

Esos 7,6 puntos de desocupación, se convierten en 6,9 para los varones, ascendiendo al 8,4 en el caso de las mujeres. Si los varones son jóvenes, llegan al 14,8, mientras que las mujeres jóvenes presentan una muy alta intensidad de la desocupación: 19,7 puntos. Es sólo un ejemplo de la mayor dureza del mercado de trabajo a la que se ven expuestas las mujeres. Entre muchas otras, estas cifras también dan carnadura al Ni una trabajadora menos e impulsan a recuperar el carácter original del 8 de marzo, como Día de la Mujer Trabajadora.

Otro mito que afecta nuestras acciones es la visión de que tener trabajo alcanza para salir de la pobreza. Hace mucho tiempo que esa relación perimió, y que existe el/la trabajador/a pobre. De hecho, el Salario Mínimo Vital y Móvil es de $  8.060  (a fin del 2016 era de $ 7.560) y la canasta de la pobreza es de poco más de $ 13.000 (para un hogar tipo tomado como ejemplo). Ni que hablar de la canasta de consumos mínimos, -un poco más generosa que la del límite de la pobreza-, que ascendió, a principios del año, a 21.287$ .

En la distribución del ingreso, la mitad de la población se ubica por debajo de la percepción de $ 8.000 mensuales (3er trim 2016) tomando en cuenta todas las fuentes de ingreso que pudieran tener. En el caso de los/las trabajadores/as, el 40% de menores ingresos tiene, como promedio un ingreso de $ 4.122, en el marco de una muy fuerte inequidad en las distribuciones, que por otra parte se acentúan al considerar por separado los/as trabajadores/as registrados y no registrados.

¿Cómo es posible, con esos guarismos, solventar los gastos que la canasta de la pobreza supone? ¿O la de consumos mínimos? Sólo con relación a la escueta canasta de la pobreza, la brecha de los hogares pobres (lo que les falta en promedio para salir de la pobreza) es de $ 5.156 por mes.

Y globalmente, a pesar de la extraordinaria campaña mediática en torno a los datos, la pobreza no bajó. El dato recientemente publicado, tal como lo enuncia el informe con el que se difundió, no puede compararse con ninguna medición anterior, ya que reinicia la serie semestral de su medición.

En síntesis:

Fortalecernos para resistir el embate tanto en la discusión paritaria como en la presión mediática en torno a si empleo o salario, enfrentado también el creciente cuestionamiento de las conquistas ya establecidas en torno a ambos.

Rechazar las pausas en el camino de las conquistas, desvirtuando cualquier recurso a variantes de derrames, del cual la expresión dar tiempo es uno de los ejemplos más actuales.

Reconocer que los trabajadores y trabajadoras estamos inmersos en un mercado de trabajo fragmentado y fragmentador, donde se cruzan las carencias de la inserción laboral con las carencias en las condiciones de vida. Trabajo y pobreza forman parte de un mismo hecho.

La fragmentación tiene como efecto la invisibilización de las principales relaciones entre los factores y favorecen la dispersión en lugar de la convergencia, trabando los procesos de construcción de la identidad de clase.

Nuestras organizaciones deben ser inclusivas de esta diversidad, la cual ha sido reconocida ya en sus orígenes, por la CTA, que abarca a trabajadores y trabajadoras cualquiera sea su inserción: activos, pasivos, registrados, no registrados, ocupados, desocupados, etc.


(*) Secretaria de Formación de CTA Autónoma Nacional

 

 
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