bodega
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Boletín cultural de la
Red ECO Alternativo
25 de Agosto de 2009 - Año IX - Número
91
Bodegueros a cargo:
Carlos Carbone y Pablo Marrero
Diseño e imágenes:
Carolina Butron Avalos
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…Queremos tanto a Julio…
Ahora
en Buenos Aires hay una plaza llamada Julio Cortázar, pero cuando
Cortázar vino a su ciudad a despedirse -sabía ya que la leucemia se lo
estaba llevando- la mayor parte de los medios lo ignoró y el recién
asumido presidente de la recién inaugurada democracia posditactorial,
Raúl Alfonsín, se negó a recibirlo, prudentemente asesorado, aunque en
compensación el autor de Historia de cronopios y de famas se cansó de
recibir el saludo de la gente en la calle y de abrazarse con las Madres
de Plaza de Mayo. Ahora Cortázar es una figura enraizada en el corazón
de muchos argentinos, y en especial de la izquierda, pero en la
izquierda y en los sectores del pensamiento nacional-popular, su figura
y su obra fueron durante años rechazadas, y no sólo por haber emigrado
a París en pleno gobierno peronista sino, y sobre todo, por el carácter
supuestamente “no comprometido” y “evasivo” de su literatura, muchas
veces radicalmente lúdica y a veces fantástica, por haber estado
vinculado con los liberales del grupo Sur, por no escribir para “las
masas” y por vivir en Europa.
Ahora Cortázar es lectura en los colegios secundarios y, aun fuera de
los colegios, los adolescentes lo leen y lo disfrutan, pero una gran
parte de la intelectualidad-más o menos los mismos que hace cuarenta
años atrás se susurraban entre sí su nombre como una consigna de
pertenencia o la clave de un misterio-tuerce la boca cuando se lo
nombra, con la despectiva suficiencia del que “está por encima de esas
cosas”.
De Daniel Freindemberg.
Periódico Acción.
Febrero 2009
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… Y como el 26 de agosto es su cumple…
nos regalamos algunas cositas de él
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| ...Un cuento |
CONDUCTA EN LOS VELORIOS
No
vamos por el anís, ni porque hay que ir. Ya se habrá sospechado: vamos
porque no podemos soportar las formas más solapadas de la hipocresía.
Mi prima segunda la mayor se encarga de cerciorarse de la índole del
duelo, y si es de verdad, si se llora porque llorar es lo único que les
queda a esos hombres y a esas mujeres entre el olor a nardos y a café,
entonces nos quedamos en casa y acompañamos desde lejos. A lo sumo mi
madre va un rato y saluda en nombre de la familia; no nos gusta
interponer insolentemente nuestra vida ajena al diálogo con las sombra.
Pero si de la pausada investigación de mi prima surge la sospecha de
que se han armado los trípodes del camelo, entonces la familia se pone
sus mejores trajes, espera que el velorio esté a punto, y se va
presentando de a poco pero implacablemente.
En Pacífico las cosas
ocurren casi siempre en un patio con macetas y música de radio. Para
estas ocasiones los vecinos condescienden a apagar las radios, y quedan
solamente los jazmines y los parientes, alternándose contra las
paredes. Llegamos de a uno o de a dos, saludamos a los deudos, a
quienes se reconoce fácilmente porque lloran apenas ven entrar a
alguien, y vamos a inclinarnos ante el difunto, escoltados por algún
pariente cercano. Una o dos horas después toda la familia está en la
casa mortuoria, pero aunque los vecinos nos conocen bien, procedemos
como si cada uno hubiéramos venido por su cuenta y hablamos entre
nosotros. Un método preciso ordena nuestros actos, escoge los
interlocutores con quienes se reparte en la cocina, bajo el naranjo, en
los dormitorios, en el zaguán, y de cuando en cuando se sale a fumar al
patio o a la calle, o se da una vuelta a la manzana para ventilar
opiniones políticas y deportivas. No nos lleva demasiado tiempo sondear
los sentimientos de los deudos más inmediatos, los vasitos de caña, el
mate dulce y los Particulares livianos son el puente confidencial;
antes de medianoche estamos seguros, podemos actuar sin remordimientos.
Por lo común mi hermana la menor se encarga de la primera escaramuza;
diestramente ubicada a los pies del ataúd, se tapa los ojos con un
pañuelo violeta y empieza a llorar, primero en silencio, empapando el
pañuelo a un punto increíble, después con hipos y jadeos, y finalmente
le acomete un ataque terrible de llanto que obliga a las vecinas a
llevarla a la cama preparada para esas emergencias, darle a oler agua
de azahar y consolarla, mientras otras vecinas se ocupan de los
parientes cercanos bruscamente contagiados por la crisis. Durante un
rato hay un amontonamiento de gente en la puerta de la capilla
ardiente, preguntas y noticias en voz baja, encogimientos de hombros
por parte de los vecinos. Agotados por un esfuerzo en el que han debido
emplearse a fondo, los deudos amenguan en sus manifestaciones, y en ese
mismo momento mis tres primas segundas se largan a llorar sin
afectación, sin gritos, pero tan conmovedoramente que los parientes y
vecinos sienten la emulación, comprenden que no es posible quedarse así
descansando mientras extraños de la otra cuadra se afligen de tal
manera, y otra vez se suman a la deploración general. Otra vez hay que
hacer sitios en la cama, apantallar a señoras ancianas, aflojar el
cinturón a viejitos convulsionados. Mis hermanos y yo esperamos por lo
regular ese momento para entrar en la sala mortuoria y ubicarnos junto
al ataúd. Por extraño que parezca estamos realmente afligidos,
jamás podemos oír llorar a nuestras hermanas sin que una congoja
infinita nos llene el pecho y nos recuerde cosas de la infancia, unos
campos cerca de Villa Albertina, un tranvía que chirriaba al tomar la
curva de la calle General Rodríguez, en Banfield, cosas así, siempre
tan tristes. Nos basta ver las manos cruzadas del difunto para que el
llanto nos arrase de golpe, nos obligue a taparnos la cara
avergonzados, y somos cinco hombres que lloran de verdad en el velorio,
mientras los deudos juntan desesperadamente el aliento para igualarnos,
sintiendo que cueste lo que cueste deben demostrar que el velorio es el
de ellos, que solamente ellos tienen derecho a llorar así en esa casa.
Pero son pocos y mienten (eso lo sabemos por mi prima segunda la mayor,
y nos da fuerzas). En vano acumulan los hipos y los desmayos,
inútilmente los vecinos más solidarios los apoyan con sus consuelos y
sus reflexiones, llevándolos y trayéndolos para que descansen y se
reincorporen a la lucha. Mis padre y mi tío el mayor nos remplazan
ahora, hay algo que impone respeto en el dolor de estos ancianos que
han venido desde la calle Humboldt, cinco cuadras contando desde la
esquina, para velar al finado. Los vecinos más coherentes empiezan a
perder el pie, dejan caer a los deudos, se van a la cocina a beber
grapa y a comentar; algunos parientes, extenuados por una hora y media
de llanto sostenido, duermen estertorosamente. Nosotros nos relevamos
en orden, aunque sin dar la impresión de nada preparado; antes de las
seis de la mañana somos los dueños indiscutidos del velorio, la mayoría
de los vecinos se han ido a dormir a sus casas, los parientes yacen en
diferentes posturas y grados de agotamiento, el alba nace en el patio.
A esa hora mis tías organizan enérgicos refrigerios en la cocina,
bebemos café hirviendo, nos miramos brillantemente al cruzarnos en el
zaguán o los dormitorios; tenemos algo de hormigas yendo y viniendo,
frotándose las antenas al pasar. Cuando llega el coche fúnebre las
disposiciones están tomadas, mis hermanas llevan a los parientes a
despedirse del finado antes del cierre del ataúd, los sostienen y
confortan mientras mis primas y mis hermanos se van adelantando hasta
desalojarlos, abreviar el último adiós y quedarse solos junto al
muerto. Rendidos, extraviados, comprendiendo vagamente pero incapaces
de reaccionar, los deudos se dejan llevar y traer, beben cualquier cosa
que se les acerca a los labios y responden con vagas protestas
inconsistentes a las cariñosas solicitudes de mis primas y mis
hermanas. Cuando es hora de partir y la casa está llena de parientes y
amigos, una organización invisible pero sin brechas decide cada
movimiento, el director de la funeraria acata las órdenes de mi padre,
la remoción del ataúd se hace de acuerdo a las indicaciones de mi tío
el mayor. Alguna que otra vez los parientes llegados a último momento
adelantan una reivindicación destemplada; los vecinos convencidos ya de
que todo es como debe ser, los miran escandalizados y los obligan a
callarse. En el coche de duelo se instalan mis padres y mis tíos, mis
hermanos suben al segundo, y mis primas condescienden a aceptar a
algunos de los deudos en el tercero, donde se ubican envueltas en
grandes pañoletas negras y moradas. El resto sube donde puede, y hay
parientes que se ven precisados a llamar un taxi. Y si algunos,
refrescados por el aire matinal y el largo trayecto, traman una
reconquista en la necrópolis, amargo es su desengaño. Apenas llega el
cajón al peristilo, mis hermanos rodean al orador designado por la
familia o los amigos del difunto, y fácilmente reconocible por su cara
de circunstancias y el rollito que le abulta el bolsillo del saco.
Estrechándole las manos, le empapan las solapas con sus lágrimas, lo
palmean con un blando sonido de tapioca, y el orador no puede impedir
que mi tío el menor suba a la tribuna y abra los discursos con una
oración que es siempre un modelo de verdad y discreción. Dura tres
minutos, se refiere exclusivamente al difunto, acota sus virtudes y da
cuenta de sus defectos, sin quitar humanidad a nada de lo que dice;
está profundamente emocionado, y a veces le cuesta terminar. Apenas ha
bajado, mi hermano mayor ocupa la tribuna y se encarga del
panegírico en nombre del vecindario, mientras el vecino designado
a tal efecto trata de abrirse paso entre mis primas y hermanas que
lloran colgadas de su chaleco. Un gesto afable pero imperioso de mi
padre moviliza al personal de la funeraria; dulcemente empieza a rodar
el catafalco, y los oradores oficiales se quedan al pie de la tribuna,
mirándose y estrujando los discursos en sus manos húmedas. Por lo
general no nos molestamos en acompañar al difunto hasta la bóveda o
sepultura, sino que damos media vuelta y salimos todos juntos,
comentando las incidencias del velorio.
Desde lejos vemos cómo los parientes corren desesperadamente para
agarrar algunos de los cordones del ataúd y se pelean con los vecinos
que entre tanto se han posesionado de los cordones y prefieren
llevarlos ellos a que los lleven los parientes.
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| ...Un poema |
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CASI NADIE VA A SACARLO DE SUS CASILLAS
El caballo relincha, el perro ladra,
la suma de los ángulos de un triángulo
es igual a dos rectos,
la sopa, la conciencia, el alcaucil, después
del dos el tres, después del hoy, mañana,
casi nadie lo sacará de sus casillas.
Casi nadie ni nada, porque
¿Cómo tomar en serio esos latidos
en que el sueño es acceso, esas miradas
de insoportable lucidez en un tranvía,
eso que ahora dice: huye,
pero al final, al fin y al cabo, no era más
que un gajo de naranja
reventando en la boca?
¿Cómo tomar en serio que una puerta
dé a la tristeza cuando el arquitecto
la abre al pasillo, que unos senos
dibujen paralelos sus jardines
cuando es la hora de ir a la oficina?
imposible negar las evidencias
dice el doctor y dice bien, inútil
sacar de sus casillas al honesto almanaque,
San Rulfo, Santa Tecla, San Fermín,
La Asunción,
el caballo relincha, el perro ladra,
casi nadie le ofrece en una esquina
un pedacito suelto de bicicleta o trompo,
casi nunca es verano en pleno invierno
por razones de estricta pulimentada lógica,
hay que ser lo que es o no ser nada, y nada
lo sacará de sus casillas, nadie
lo sacará, y si un caballo ladra
no lo sabremos nunca, porque
los caballos no ladran.
Bastaría un apenas, un no quiero,
para empezar de otra manera el día,
Hervir la radio con las papas
ya cada chico darle un cocodrilo
para que huela a miedo en las escuelas,
Sacar los muertos a que tomen aire,
meter las mitras en la mayonesa,
actividades subversivas, claro,
pero otras cosas hay: fusiles
corren por las picadas, Sudamérica
crece en su selva hacia la aurora,
de tanto arroz bañado en sangre
nacerá otra manera de ser hombre.
No cito más que apenas estas cosas,
saco de sus casillas a unos cuantos
que todavía creen en la poesía
encasillada en su vocabulario
lleno de compromisos con lo abstracto.
(La suma de los ángulos de un triángulo).
((Los caballos no ladran)).
(((Dice el doctor, y dice bien)))
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| ...Algo de teatro |
Adiós a Robinson (Fragmento)
Sobre la vuelta de Robinson Crusoe a su isla una vez que esta ha sido “invadida por la civilización”.
El locutor debe reseñar en muy pocas frases lo esencial del tema: Daniel Defoe/ Alejandro Selkirk/ Robinson/ Viernes.
Ruido de avión que desciende
ROBINSON (excitado):- ¡Mira, mira, viernes! ¡La isla! ¡La isla!
VIERNES:- Sí, amo (A la palabra “amo” sigue una risita instantánea y
como para sí mismo, apenas una indicación de risa contenida).
ROBINSON:- ¿Ves la ensenada? ¡Mira, allá, allá! ¡La reconozco! ¡Allí
desembarcaron los caníbales, allí te salvé la vida! ¡Mira, Viernes!
VIERNES:- Sí amo (risita), se ve muy bien la costa donde casi me comen
los caníbales malos, y eso solamente porque un poco antes mi tribu
había querido comérselos a ellos, pero así es la vida, como dice el
tango.
ROBINSON:- ¡Mi isla, Viernes, vuelvo a ver mi isla! ¡Reconozco todo a
pesar de los cambios, todo! Porque como cambios, los hay.
VIERNES:- Oh sí, como cambiar ha cambiado, amo (risita). Yo también
reconozco la isla donde me enseñaste a ser un buen esclavo. Allí se ve
el lugar donde estaba tu cabaña.
ROBINSON:- ¡Dios mío, hay un rascacielos de veinticuatro... no, espera, de treinta y dos pisos! ¡Qué maravilla, Viernes!
VIERNES:- Sí, amo (risita).
ROBINSON: -Dime un poco, ¿por qué cada vez que te diriges a mí te ríes?
Antes no lo hacías, sin contar que yo no te lo hubiera permitido, pero
de un tiempo a esta parte... ¿Se puede saber qué tiene de gracioso que
yo sea tu amo, el hombre que te salvó de un destino horroroso y te
enseñó a vivir como un ser civilizado?
VIERNES:- la verdad, no tiene nada de gracioso, amo (risita). Yo
tampoco comprendo muy bien, es algo completamente involuntario, créeme.
He consultado a dos psicoanalistas, uno freudiano y el otro junguiano
para doblar las chances como hacemos en el hipódromo, y para mayor
seguridad me hice examinar por una inminencia de la contra-psiquiatría.
Dicho sea de paso, éste fue el único que aceptó sin dudar que yo fuera
Viernes, el de tu libro.
ROBINSON:- ¿Y cuál fue el diagnóstico?
VIERNES:- Todavía está en procesamiento electrónico en Dallas. Pero
según me informó Jacques Lacan el otro día, se puede sospechar desde ya
que se trata de un tic nervioso.
ROBINSON:- Ah, bueno, si no es más que eso, ya pasará, Viernes, ya
pasará. Mira, vamos a aterrizar. ¡Qué magnífico aeropuerto han
construido! ¿Ves las carreteras ahí y ahí? Hay ciudades por todas
partes, se diría que esos son pozos de petróleo... Ya no queda nada de
los bosques y las praderas que tanto recorrí en mi soledad, y más tarde
contigo... Mira esos rascacielos, ese puerto lleno de yates... ¡Quién
podría ya hablar de soledad en la isla de Juan Fernández! ¡Ah, Viernes,
ya lo dijo Sófocles, creo, el hombre es un ser maravilloso!
VIERNES:- Sí, amo (risita)
ROBINSON (Para sí mismo): La verdad es que me joroba un poco con su risita.
VIERNES:- Lo que no entiendo, amo, es por qué has querido volver a
visitar tu isla. Cuando se lee tu libro con verdadero espíritu crítico,
el balance de tu estancia en la isla es bastante nefasto. La prueba es
que cuando nos rescataron, casi te vuelves loco de alegría, y si al ver
alejarse las costas de Juan Fernández no les hiciste un corte de manga,
fue tan sólo porque eres un caballero británico.
ROBINSON:- Ah, Viernes, hay cosas que los indios como tu no pueden
comprender a pesar de lo mucho que los ayudamos a diplomarse en las
mejores universidades. La noción de progreso te está velada, mi pobre
Viernes, y hasta diría que el espectáculo que ofrece nuestra isla desde
el aire te decepciona o te inquieta; algo de eso leo en tus ojos.
VIERNES:- No, amo (esta vez sin risita). Yo sabía muy bien lo que
íbamos a encontrar. ¿para qué tenemos la TV y el cine y el National
Geographie Magazine? No sé realmente por qué estoy inquieto y hasta
triste; tal vez en el fondo sea por ti, perdóname.
ROBINSON: (riendo):- ¿Por mí? ¡Pero si tienes ante tus ojos el ser más
feliz del universo! ¡Mírame bien, y mira el espectáculo que despliega
sus alfombras ahí abajo!
VIERNES:-Hm.
ROBINSON:- ¿De qué podría yo quejarme si en este momento asisto no
solamente a la realización de mis sueños de progreso y de civilización,
sino a los de toda la raza blanca, en todo caso la británica para estar
más seguros?
VIERNES:- Sí, amo (risita), pero todavía no has visto la isla de cerca.
Tu alegría podría ser prematura, es algo que yo siento con la nariz, si
me perdonas.
ROBINSON:- ¡Con la nariz! Oh, Viernes, después de la educación que te hemos dado...
VIERNES:- Desde luego impecable, amo (risita). Lo que no entiendo es que el avión no cesa de dar vueltas sobre la isla.
ROBINSON:- Pienso que el piloto me rinde un conmovedor homenaje,
Viernes; dándome la oportunidad de ver en detalle mi querida isla
convertida en un paraíso moderno. ¡Ah, ahora sí aterrizamos! Prepara
nuestro equipaje de mano. Cuando retires las valijas, cuéntalas bien,
cinco mías y tu bolsa de arpillera.
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| ...Un poquito de Rayuela |
Glíglico
El
glíglico es un lenguaje creado por Julio Cortázar y presente en su
novela Rayuela, cuyo capítulo 68, que evoca una escena erótica, está
completamente escrito en él. Se trata de un lenguaje musical que se
interpreta como un juego, además de ser un lenguaje exclusivo,
compartido por los enamorados, que los aísla del resto del mundo. |
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Apenas
él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en
hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez
que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado
quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo
poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando,
reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina
al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo
era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba
los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente su
orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los
encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón,
las esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante
embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una
sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del
murelio, se sentía balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se
vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice,
en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los
ordopenaban hasta el límite de las gunfias.
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| ...Y una reflexión |
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“Siempre he sabido que las grandes sorpresas nos esperan allí donde hemos aprendido, por fin, a no sorprendernos de nada”.
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EL ÚLTIMO ROUND
A JULIO CORTÁZAR
“La esperanza
es un horizonte entero”
J.C.
Alguien anda por ahí
un tal Lucas
o Julio
dando vueltas al día
en ochenta mundos.
Es el perseguido
lleva las armas secretas
que entran en un octaedro.
Camina por París
y habla de América
contempla el final del juego
como un premio.
Los caminos
nacen de los pueblos
el último round
agoniza
alrededor de una mesa.
Carlos N. Carbone
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Inauguramos en la Bodega un nuevo espacio dedicado a comentarios de libros a cargo de María Montserrat Bertrán |
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María Meleck Vivanco
Antología Poética
Desde comienzos de este año tenemos en nuestras manos la Antología
Poética de María Meleck Vivanco, cuya edición estuvo a cargo del Fondo
Nacional de las Artes.
Celebramos
este merecido reconocimiento a la trayectoria literaria de esta enorme
poeta. María Meleck nació en el Valle de San Javier, Córdoba, en 1921.
Sus poemarios publicados son:
Taitacha Temblores (1926)
poemas quechuas, Lima, Perú)
Hemisferio de la Rosa (1973)
Rostros que nadie toca (1978)
Los Infiernos Solares (1988)
Balanza de Ceremonias (1992)
Canciones para Ruanda (1997)
Éste último libro recibió el Premio:
Fundación Sociedad de los Poetas Vivos, en 1998.
La Antología reúne también poemas de los textos:
Plaza Prohibida, 1973
La moneda animal, 1992
Bañados de sereno, 1994
Mi primitiva cruza, 1995
Mar de Mármara, alucinaciones del azar
Los regalos de la locura, 2006
María
Meleck compartió su amistad en la vida y en la poesía, a los que ella
siente “sus hermanos espirituales”, con: Enrique Molina, Francisco
Madariaga, Edgard Bayley, Ulises Petit de Murat, Oliverio Girondo y su
mujer Nora Lange, Aldo Pellegrini , Carlos Latorre y Alfredo Martinez
Howard.
Con ellos María se nutre de la poesía surrealista, hasta
que las semillas que ella ya guardaba en su espíritu fueron creciendo
hasta florecer en sus poemas con una gran fecundidad… hasta el día de
hoy, con sus 88 años.
La
fuerte identificación con este grupo y con la visión surrealista, la
llevan a expresar que “el surrealismo no tiene fin", “se va procreando
a sí mismo” (… ) para que exista “tiene que haber misterio" (…) "el
poema que no te compone y te descompone, hasta físicamente, el que no
contraría tu química orgánica, el que no te modifica, que es estéril,
no puede ser nunca surrealista…” (1).
La
poesía de María Meleck es un canto a lo onírico y maravilloso. El azar
es para ella el mejor hogar, donde sus poemas gozan, bailan y se nutren
del fuego y del amor. Define a este “azar”…como una pulsión primitiva.
Ella “escucha “ obediente esta pulsión, por eso, su voz es tan vital, e
intuitiva. Las palabras nacidas de sus sueños y de su vigilia creadora
se derraman como un río desde la cumbre.
“El tórrido contacto voltea mariposas
El himen se deshace en espumas
He aquí la magnitud del desamparo
De espejos que nos muestran su alumbramiento mágico y pesan en el aire hasta asfixiar la rosa”
(de “Hay que tocar cuidado”, en BALANZAS DE CEREMONIAS, 1992) .
Las
causalidades unen los opuestos, reúnen verdades para que el orden
divino y el amor reinen. Sus poemas están poblados de paisajes
sensoriales y sensuales en mundos de misterio, como una noche para
descubrirse…
Algunos vuelven una y otra vez, de su infancia en el monte, cerca del Champaquí, su cerro guardián en Traslasierra.
La Naturaleza irrumpe y brilla siempre, con toda su belleza y vitalidad.
“Y yo, la fugitiva marcada en su ternura y en el testimonio de su orfandad, os hablaré de los nogales que solearon mi infancia “
(de “Como poder co
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