La Bodega del Diablo - 24 de Agosto de 2009 - Año IX - N° 91
bodega





Boletín cultural de la
Red ECO Alternativo

25 de Agosto de 2009 - Año IX - Número 91

Bodegueros a cargo:
Carlos Carbone y Pablo Marrero

Diseño e imágenes:
Carolina Butron Avalos

julio

…Queremos tanto a Julio…

Ahora en Buenos Aires hay una plaza llamada Julio Cortázar, pero cuando Cortázar vino a su ciudad a despedirse -sabía ya que la leucemia se lo estaba llevando- la mayor parte de los medios lo ignoró y el recién asumido presidente de la recién inaugurada democracia posditactorial, Raúl Alfonsín, se negó a recibirlo, prudentemente asesorado, aunque en compensación el autor de Historia de cronopios y de famas se cansó de recibir el saludo de la gente en la calle y de abrazarse con las Madres de Plaza de Mayo. Ahora Cortázar es una figura enraizada en el corazón de muchos argentinos, y en especial de la izquierda, pero en la izquierda y en los sectores del pensamiento nacional-popular, su figura y su obra fueron durante años rechazadas, y no sólo por haber emigrado a París en pleno gobierno peronista sino, y sobre todo, por el carácter supuestamente “no comprometido” y “evasivo” de su literatura, muchas veces radicalmente lúdica y a veces fantástica, por haber estado vinculado con los liberales del grupo Sur, por no escribir para “las masas” y por vivir en Europa.
Ahora Cortázar es lectura en los colegios secundarios y, aun fuera de los colegios, los adolescentes lo leen y lo disfrutan, pero una gran parte de la intelectualidad-más o menos los mismos que hace cuarenta años atrás se susurraban entre sí su nombre como una consigna de pertenencia o la clave de un misterio-tuerce la boca cuando se lo nombra, con la despectiva suficiencia del que “está por encima de esas cosas”.


De Daniel Freindemberg.
Periódico Acción.
Febrero 2009

… Y como el 26 de agosto es su cumple…
nos regalamos algunas cositas de él

...Un cuento

julio1CONDUCTA EN LOS VELORIOS

No vamos por el anís, ni porque hay que ir. Ya se habrá sospechado: vamos porque no podemos soportar las formas más solapadas de la hipocresía. Mi prima segunda la mayor se encarga de cerciorarse de la índole del duelo, y si es de verdad, si se llora porque llorar es lo único que les queda a esos hombres y a esas mujeres entre el olor a nardos y a café, entonces nos quedamos en casa y acompañamos desde lejos. A lo sumo mi madre va un rato y saluda en nombre de la familia; no nos gusta interponer insolentemente nuestra vida ajena al diálogo con las sombra. Pero si de la pausada investigación de mi prima surge la sospecha de que se han armado los trípodes del camelo, entonces la familia se pone sus mejores trajes, espera que el velorio esté a punto, y se va presentando de a poco pero implacablemente.
En Pacífico las cosas ocurren casi siempre en un patio con macetas y música de radio. Para estas ocasiones los vecinos condescienden a apagar las radios, y quedan solamente los jazmines y los parientes, alternándose contra las paredes. Llegamos de a uno o de a dos, saludamos a los deudos, a quienes se reconoce fácilmente porque lloran apenas ven entrar a alguien, y vamos a inclinarnos ante el difunto, escoltados por algún pariente cercano. Una o dos horas después toda la familia está en la casa mortuoria, pero aunque los vecinos nos conocen bien, procedemos como si cada uno hubiéramos venido por su cuenta y hablamos entre nosotros. Un método preciso ordena nuestros actos, escoge los interlocutores con quienes se reparte en la cocina, bajo el naranjo, en los dormitorios, en el zaguán, y de cuando en cuando se sale a fumar al patio o a la calle, o se da una vuelta a la manzana para ventilar opiniones políticas y deportivas. No nos lleva demasiado tiempo sondear los sentimientos de los deudos más inmediatos, los vasitos de caña, el mate dulce y los Particulares livianos son el puente confidencial; antes de medianoche estamos seguros, podemos actuar sin remordimientos. Por lo común mi hermana la menor se encarga de la primera escaramuza; diestramente ubicada a los pies del ataúd, se tapa los ojos con un pañuelo violeta y empieza a llorar, primero en silencio, empapando el pañuelo a un punto increíble, después con hipos y jadeos, y finalmente le acomete un ataque terrible de llanto que obliga a las vecinas a llevarla a la cama preparada para esas emergencias, darle a oler agua de azahar y consolarla, mientras otras vecinas se ocupan de los parientes cercanos bruscamente contagiados por la crisis. Durante un rato hay un amontonamiento de gente en la puerta de la capilla ardiente, preguntas y noticias en voz baja, encogimientos de hombros por parte de los vecinos. Agotados por un esfuerzo en el que han debido emplearse a fondo, los deudos amenguan en sus manifestaciones, y en ese mismo momento mis tres primas segundas se largan a llorar sin afectación, sin gritos, pero tan conmovedoramente que los parientes y vecinos sienten la emulación, comprenden que no es posible quedarse así descansando mientras extraños de la otra cuadra se afligen de tal manera, y otra vez se suman a la deploración general. Otra vez hay que hacer sitios en la cama, apantallar a señoras ancianas, aflojar el cinturón a viejitos convulsionados. Mis hermanos y yo esperamos por lo regular ese momento para entrar en la sala mortuoria y ubicarnos junto al ataúd.  Por extraño que parezca estamos realmente afligidos, jamás podemos oír  llorar a nuestras hermanas sin que una congoja infinita nos llene el pecho y nos recuerde cosas de la infancia, unos campos cerca de Villa Albertina, un tranvía que chirriaba al tomar la curva de la calle General Rodríguez, en Banfield, cosas así, siempre tan tristes. Nos basta ver las manos cruzadas del difunto para que el llanto nos arrase de golpe, nos obligue a taparnos la cara avergonzados, y somos cinco hombres que lloran de verdad en el velorio, mientras los deudos juntan desesperadamente el aliento para igualarnos, sintiendo que cueste lo que cueste deben demostrar que el velorio es el de ellos, que solamente ellos tienen derecho a llorar así en esa casa. Pero son pocos y mienten (eso lo sabemos por mi prima segunda la mayor, y nos da fuerzas). En vano acumulan los hipos y los desmayos, inútilmente los vecinos más solidarios los apoyan con sus consuelos y sus reflexiones, llevándolos y trayéndolos para que descansen y se reincorporen a la lucha. Mis padre y mi tío el mayor nos remplazan ahora, hay algo que impone respeto en el dolor de estos ancianos que han venido desde la calle Humboldt, cinco cuadras contando desde la esquina, para velar al finado. Los vecinos más coherentes empiezan a perder el pie, dejan caer a los deudos, se van a la cocina a beber grapa y a comentar; algunos parientes, extenuados por una hora y media de llanto sostenido, duermen estertorosamente. Nosotros nos relevamos en orden, aunque sin dar la impresión de nada preparado; antes de las seis de la mañana somos los dueños indiscutidos del velorio, la mayoría de los vecinos se han ido a dormir a sus casas, los parientes yacen en diferentes posturas y grados de agotamiento, el alba nace en el patio. A esa hora mis tías organizan enérgicos refrigerios en la cocina, bebemos café hirviendo, nos miramos brillantemente al cruzarnos en el zaguán o los dormitorios; tenemos algo de hormigas yendo y viniendo, frotándose las antenas al pasar. Cuando llega el coche fúnebre las disposiciones están tomadas, mis hermanas llevan a los parientes a despedirse del finado antes del cierre del ataúd, los sostienen y confortan mientras mis primas y mis hermanos se van adelantando hasta desalojarlos, abreviar el último adiós y quedarse solos junto al muerto. Rendidos, extraviados, comprendiendo vagamente pero incapaces de reaccionar, los deudos se dejan llevar y traer, beben cualquier cosa que se les acerca a los labios y responden con vagas protestas inconsistentes a las cariñosas solicitudes de mis primas y mis hermanas. Cuando es hora de partir y la casa está llena de parientes y amigos, una organización invisible pero sin brechas decide cada movimiento, el director de la funeraria acata las órdenes de mi padre, la remoción del ataúd se hace de acuerdo a las indicaciones de mi tío el mayor. Alguna que otra vez los parientes llegados a último momento adelantan una reivindicación destemplada; los vecinos convencidos ya de que todo es como debe ser, los miran escandalizados y los obligan a callarse. En el coche de duelo se instalan mis padres y mis tíos, mis hermanos suben al segundo, y mis primas condescienden a aceptar a algunos de los deudos en el tercero, donde se ubican envueltas en grandes pañoletas negras y moradas. El resto sube donde puede, y hay parientes que se ven precisados a llamar un taxi. Y si algunos, refrescados por el aire matinal y el largo trayecto, traman una reconquista en la necrópolis, amargo es su desengaño. Apenas llega el cajón al peristilo, mis hermanos rodean al orador designado por la familia o los amigos del difunto, y fácilmente reconocible por su cara de circunstancias y el rollito que le abulta el bolsillo del saco. Estrechándole las manos, le empapan las solapas con sus lágrimas, lo palmean con un blando sonido de tapioca, y el orador no puede impedir que mi tío el menor suba a la tribuna y abra los discursos con una oración que es siempre un modelo de verdad y discreción. Dura tres minutos, se refiere exclusivamente al difunto, acota sus virtudes y da cuenta de sus defectos, sin quitar humanidad a nada de lo que dice; está profundamente emocionado, y a veces le cuesta terminar. Apenas ha bajado, mi hermano mayor ocupa la tribuna y se encarga del panegírico  en nombre del vecindario, mientras el vecino designado a tal efecto trata de abrirse paso entre mis primas y hermanas que lloran colgadas de su chaleco. Un gesto afable pero imperioso de mi padre moviliza al personal de la funeraria; dulcemente empieza a rodar el catafalco, y los oradores oficiales se quedan al pie de la tribuna, mirándose y estrujando los discursos en sus manos húmedas. Por lo general no nos molestamos en acompañar al difunto hasta la bóveda o sepultura, sino que damos media vuelta y salimos todos juntos, comentando las incidencias del velorio.
Desde lejos vemos cómo los parientes corren desesperadamente para agarrar algunos de los cordones del ataúd y se pelean con los vecinos que entre tanto se han posesionado de los cordones y prefieren llevarlos ellos a que los lleven los parientes.

...Un poema
 

CASI NADIE VA A SACARLO DE SUS CASILLAS

El caballo relincha, el perro ladra,
la suma de los ángulos de un triángulo
es igual a dos rectos,
la sopa, la conciencia, el alcaucil, después
del dos el tres, después del hoy, mañana,
casi nadie lo sacará de sus casillas.
Casi nadie ni nada, porque
¿Cómo tomar en serio esos latidos
en que el sueño es acceso, esas miradas
de insoportable lucidez en un tranvía,
eso que ahora dice: huye,
pero al final, al fin y al cabo, no era más
que un gajo de naranja
reventando en la boca?
¿Cómo tomar en serio que una puerta
dé a la tristeza cuando el arquitecto
la abre al pasillo, que unos senos
dibujen paralelos sus jardines
cuando es la hora de ir a la oficina?
imposible negar las evidencias
dice el doctor y dice bien, inútil
sacar de sus casillas al honesto almanaque,
San Rulfo, Santa Tecla, San Fermín,
La Asunción,
el caballo relincha, el perro ladra,
casi nadie le ofrece en una esquina
un pedacito suelto de bicicleta o trompo,
casi nunca es verano en pleno invierno
por razones de estricta pulimentada lógica,
hay que ser lo que es o no ser nada, y nada
lo sacará de sus casillas, nadie
lo sacará, y si un caballo ladra
no lo sabremos nunca, porque
los caballos no ladran.
Bastaría un apenas, un no quiero,
para empezar de otra manera el día,
Hervir la radio con las papas
ya cada chico darle un cocodrilo
para que huela a miedo en las escuelas,
Sacar los muertos a que tomen aire,
meter las mitras en la mayonesa,
actividades subversivas, claro,
pero otras cosas hay: fusiles
corren por las picadas, Sudamérica
crece en su selva hacia la aurora,
de tanto arroz bañado en sangre
nacerá otra manera de ser hombre.
No cito más que apenas estas cosas,
saco de sus casillas a unos cuantos
que todavía creen en la poesía
encasillada en su vocabulario
lleno de compromisos con lo abstracto.
(La suma de los ángulos de un triángulo).
((Los caballos no ladran)).
(((Dice el doctor, y dice bien)))

julio
...Algo de teatro
julioAdiós a Robinson (Fragmento)


Sobre la vuelta de Robinson Crusoe a su isla una vez que esta ha sido “invadida por la civilización”.

El locutor debe reseñar en muy pocas frases lo esencial del tema: Daniel Defoe/ Alejandro Selkirk/ Robinson/ Viernes.

Ruido de avión que desciende

ROBINSON (excitado):- ¡Mira, mira, viernes! ¡La isla! ¡La isla!
VIERNES:- Sí, amo (A la palabra “amo” sigue una risita instantánea y como para sí mismo, apenas una indicación de risa contenida).
ROBINSON:- ¿Ves la ensenada? ¡Mira, allá, allá! ¡La reconozco! ¡Allí desembarcaron los caníbales, allí te salvé la vida! ¡Mira, Viernes!
VIERNES:- Sí amo (risita), se ve muy bien la costa donde casi me comen los caníbales malos, y eso solamente porque un poco antes mi tribu había querido comérselos a ellos, pero así es la vida, como dice el tango.
ROBINSON:- ¡Mi isla, Viernes, vuelvo a ver mi isla! ¡Reconozco todo a pesar de los cambios, todo! Porque como cambios, los hay.
VIERNES:- Oh sí, como cambiar ha cambiado, amo (risita). Yo también reconozco la isla donde me enseñaste a ser un buen esclavo. Allí se ve el lugar donde estaba tu cabaña.
ROBINSON:- ¡Dios mío, hay un rascacielos de veinticuatro... no, espera, de treinta y dos pisos! ¡Qué maravilla, Viernes!
VIERNES:- Sí, amo (risita).
ROBINSON: -Dime un poco, ¿por qué cada vez que te diriges a mí te ríes? Antes no lo hacías, sin contar que yo no te lo hubiera permitido, pero de un tiempo a esta parte... ¿Se puede saber qué tiene de gracioso que yo sea tu amo, el hombre que te salvó de un destino horroroso y te enseñó a vivir como un ser civilizado?
VIERNES:- la verdad, no tiene nada de gracioso, amo (risita). Yo tampoco comprendo muy bien, es algo completamente involuntario, créeme. He consultado a dos psicoanalistas, uno freudiano y el otro junguiano para doblar las chances como hacemos en el hipódromo, y para mayor seguridad me hice examinar por una inminencia de la contra-psiquiatría. Dicho sea de paso, éste fue el único que aceptó sin dudar que yo fuera Viernes, el de tu libro.
ROBINSON:- ¿Y cuál fue el diagnóstico?
VIERNES:- Todavía está en procesamiento electrónico en Dallas. Pero según me informó Jacques Lacan el otro día, se puede sospechar desde ya que se trata de un tic nervioso.
ROBINSON:- Ah, bueno, si no es más que eso, ya pasará, Viernes, ya pasará. Mira, vamos a aterrizar. ¡Qué magnífico aeropuerto han construido! ¿Ves las carreteras ahí y ahí? Hay ciudades por todas partes, se diría que esos son pozos de petróleo... Ya no queda nada de los bosques y las praderas que tanto recorrí en mi soledad, y más tarde contigo... Mira esos rascacielos, ese puerto lleno de yates... ¡Quién podría ya hablar de soledad en la isla de Juan Fernández! ¡Ah, Viernes, ya lo dijo Sófocles, creo, el hombre es un ser maravilloso!
VIERNES:- Sí, amo (risita)
ROBINSON (Para sí mismo): La verdad es que me joroba un poco con su risita.
VIERNES:- Lo que no entiendo, amo, es por qué has querido volver a visitar tu isla. Cuando se lee tu libro con verdadero espíritu crítico, el balance de tu estancia en la isla es bastante nefasto. La prueba es que cuando nos rescataron, casi te vuelves loco de alegría, y si al ver alejarse las costas de Juan Fernández no les hiciste un corte de manga, fue tan sólo porque eres un caballero británico.
ROBINSON:- Ah, Viernes, hay cosas que los indios como tu no pueden comprender a pesar de lo mucho que los ayudamos a diplomarse en las mejores universidades. La noción de progreso te está velada, mi pobre Viernes, y hasta diría que el espectáculo que ofrece nuestra isla desde el aire te decepciona o te inquieta; algo de eso leo en tus ojos.
VIERNES:- No, amo (esta vez sin risita). Yo sabía muy bien lo que íbamos a encontrar. ¿para qué tenemos la TV y el cine y el National Geographie Magazine? No sé realmente por qué estoy inquieto y hasta triste; tal vez en el fondo sea por ti, perdóname.
ROBINSON: (riendo):- ¿Por mí? ¡Pero si tienes ante tus ojos el ser más feliz del universo! ¡Mírame bien, y mira el espectáculo que despliega sus alfombras ahí abajo!
VIERNES:-Hm.
ROBINSON:- ¿De qué podría yo quejarme si en este momento asisto no solamente a la realización de mis sueños de progreso y de civilización, sino a los de toda la raza blanca, en todo caso la británica para estar más seguros?
VIERNES:- Sí, amo (risita), pero todavía no has visto la isla de cerca. Tu alegría podría ser prematura, es algo que yo siento con la nariz, si me perdonas.
ROBINSON:- ¡Con la nariz! Oh, Viernes, después de la educación que te hemos dado...
VIERNES:- Desde luego impecable, amo (risita). Lo que no entiendo es que el avión no cesa de dar vueltas sobre la isla.
ROBINSON:- Pienso que el piloto me rinde un conmovedor homenaje, Viernes; dándome la oportunidad de ver en detalle mi querida isla convertida en un paraíso moderno. ¡Ah, ahora sí aterrizamos! Prepara nuestro equipaje de mano. Cuando retires las valijas, cuéntalas bien, cinco mías y tu bolsa de arpillera.

...Un poquito de Rayuela
Glíglico

El glíglico es un lenguaje creado por Julio Cortázar y presente en su novela Rayuela, cuyo capítulo 68, que evoca una escena erótica, está completamente escrito en él. Se trata de un lenguaje musical que se interpreta como un juego, además de ser un lenguaje exclusivo, compartido por los enamorados, que los aísla del resto del mundo.

Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente su orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, las esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentía balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

...Y una reflexión

“Siempre he sabido que las grandes sorpresas nos esperan allí donde hemos aprendido, por fin, a no sorprendernos de nada”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL ÚLTIMO ROUND

                        A JULIO CORTÁZAR

 

“La esperanza

es un horizonte entero”

                                   J.C.

 

Alguien anda por ahí

un tal Lucas

          o Julio

 dando vueltas al día

                en ochenta mundos.

Es el perseguido

lleva las armas secretas

que entran en un octaedro.

Camina por París

y habla de América

contempla el final del juego

como un premio.

Los caminos

nacen de los pueblos

el último round

 agoniza

alrededor de una mesa.

julio
 

Inauguramos en la Bodega un nuevo espacio dedicado a comentarios de libros a cargo de María Montserrat Bertrán

maria


María Meleck Vivanco

Antología Poética


Desde comienzos de este año tenemos en nuestras manos la Antología Poética de María Meleck Vivanco, cuya edición estuvo a cargo del Fondo Nacional de las Artes.

Celebramos este merecido reconocimiento a la trayectoria literaria de esta enorme poeta. María Meleck nació en el Valle de San Javier, Córdoba, en 1921.

Sus poemarios publicados son:

Taitacha Temblores (1926)
poemas quechuas, Lima, Perú)
Hemisferio de la Rosa (1973)
Rostros que nadie toca (1978)
Los Infiernos Solares (1988)
Balanza de Ceremonias (1992)
Canciones para Ruanda (1997)


Éste último libro recibió el Premio:
Fundación Sociedad de los Poetas Vivos, en 1998.

La Antología reúne también poemas de los textos:

Plaza Prohibida, 1973
La moneda animal, 1992
Bañados de sereno, 1994
Mi primitiva cruza, 1995
Mar de Mármara, alucinaciones del azar
Los regalos de la locura, 2006


María Meleck compartió su amistad en la vida y en la poesía, a los que ella siente “sus hermanos espirituales”, con: Enrique Molina, Francisco Madariaga, Edgard Bayley, Ulises Petit de Murat, Oliverio Girondo y su mujer Nora Lange, Aldo Pellegrini , Carlos Latorre y Alfredo Martinez Howard.
Con ellos María se nutre de la poesía surrealista, hasta que las semillas que ella ya guardaba en su espíritu fueron creciendo hasta florecer en sus poemas con una gran fecundidad… hasta el día de hoy, con sus 88 años.

La fuerte identificación con este grupo y con la visión surrealista, la llevan a expresar que “el surrealismo no tiene fin", “se va procreando a sí mismo” (… ) para que exista “tiene que haber misterio" (…) "el poema que no te compone y te descompone, hasta físicamente, el que no contraría tu química orgánica, el que no te modifica, que es estéril, no puede ser nunca surrealista…” (1).

La poesía de María Meleck es un canto a lo onírico y maravilloso. El azar es para ella el mejor hogar, donde sus poemas gozan, bailan y se nutren del fuego y del amor. Define a este “azar”…como una pulsión primitiva.
Ella “escucha “ obediente esta pulsión, por eso, su voz es tan vital, e intuitiva. Las palabras nacidas de sus sueños y de su vigilia creadora se derraman como un río desde la cumbre.

“El tórrido contacto voltea mariposas
El himen se deshace en espumas
He aquí la magnitud del desamparo
De espejos que nos muestran su alumbramiento mágico y pesan en el aire hasta asfixiar la rosa”


(de “Hay que tocar cuidado”, en BALANZAS DE CEREMONIAS, 1992) .

Las causalidades unen los opuestos, reúnen verdades para que el orden divino y el amor reinen. Sus poemas están poblados de paisajes sensoriales y sensuales en mundos de misterio, como una noche para descubrirse…
Algunos vuelven una y otra vez, de su infancia en el monte, cerca del Champaquí, su cerro guardián en Traslasierra.

La Naturaleza irrumpe y brilla siempre, con toda su belleza y vitalidad.

“Y yo, la fugitiva marcada en su ternura y en el testimonio de su orfandad, os hablaré de los nogales que solearon mi infancia “

(de “Como poder co

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