La Bodega del Diablo - Diciembre de 2010 -Año X- Última Bodega
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Boletín cultural de la
Red ECO Alternativo

ÚLTIMA BODEGA

Diciembre 2010

Bodegueros a cargo:
Carlos Carbone y Pablo Marrero

Diseño e imágenes:
Carolina Butron Avalos

ilustracionesperdido.blogspot.com



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10 AÑOS DE BODEGA...
¡GRACIAS POR EL FUEGO!

Pablo: —Todo concluye al fin...
Carlos: —Todo pasa y todo queda...
Pablo: —Nada puede escapar...
Carlos: —Pero lo nuestro es pasar...
Pablo: —Todo tiene un final...
Carlos: —Pasar haciendo camino...
Pablo: —Todo termiiinaaa...
—¡Bueno basta!-grita Carlos-.Parecemos dos lloronas; sabíamos que algún día esto tenía que pasar.
—Sí, tenés razón, pero la verdad que a mí lo que más me jode es la actitud del tipo.
—¿Qué tipo?
—Del mandamás, de Mandinga, ¿quién va  ser?
—La verdad: quién se lo hubiera imaginado, che.
—Justo, alquilar el lugar para poner una lechería, si parece una burla del Diablo.
—Lo es, Pablito, lo es.
—Leche descremada, yogur, cuajada, quesito untable, mantequita, lactobasilus... ¡Puaj!
—¡Qué bárbaro! ¡El infierno se fue al carajo!
—Mirá, chabón, no nos amarguemos más, disfrutemos de ésta Bodega como si fuera la última. Compartamos este vinito y gocemos de las palabras cálidas de los amigos, que como siempre nos traen sus poemas y sus cuentos.

 

La muerte de un infame

Se murió el gran gusano el cretino la gran hiena
ahogado en su propia baba de bilis antropófaga
se murió el capitán de cloacas y lavabos el nefasto
ahogado en su mar de venenos en su gran ola de muertos.
Se murió el genitor de esmas   el patrón de la mierda
el húmedo árbitro de vidas y vuelos de la muerte
se murió el palmípedo voraz        el emplumado fósil
ahogado en la viscosidad de su saliva tóxica
una diarrea con moscas muertas se le agolpó en la boca
de comulgar y compraventa y le asfixió las órdenes
los dictados de tortura y bala    de picana eléctrica
se murió la bolsa de basura   el vejete extorsionador
relleno de soberbia     pedazo de la bestia carnívora
ahogado de tanta sangre ajena de tanto festín
putas delirios de grandeza oh todopoderosa cría
del infierno! Se murió ahogado el decrépito rapaz
el violador el gran escupitajo del último círculo
se murió de un derrame infecto el verdugo
el desaparecedor el capo del espanto
en la cama de un hospital el muy secuestrador
tan cama pozo negro     alabado por ratas
y malnacidos             tan rodeado de un muro
de pura luzmemoria que le mordió los huesos.

Gabriel Impaglione
 

Seré la luz
                que esplende
                       por todas las penumbras.
       El invierno
                  de cada enamorado.
       La erosión del mar
                             en las piedras solas.
       Las tempestades
                                 que golpearįn raķces.
       La noche plata
                      sobre un callado océano.
       Aquellas vacaciones.
                                  Aquel viaje.
       Cada tarde vivida entre la lluvia.
       Seré
            las huellas de la playa
                                  en otros mundos.
                                                 La sal de los orientes.
                                               Lejanķas de puertos
                                y leyendas.
       La extranjera errante.
                           Aquella que encuentres
                                                    en tus pasos.
       Seré todas las cosas.
                            Seré olvido

 

 

Transparencia

Ella es ahora la rosa maga
cuyos pétalos restañan toda herida.

El agua junta su sal. El cielo junta su azúcar.
Ella es el cáliz que junta la hermosura.

Es el rubor que trepa por la niebla.
La oculta voz que enamoró el silencio.

La llave que abre al canto y la cautiva.
Es el violín de Dios. La transparencia.

Sus lágrimas me duelen como las escrituras
y su beso es el pulso que sostiene mi vida.

Por eso digo que es el ángel que tiembla.
El ojo por donde mira la piedra.

MarÍa Meleck Vivanco       
De “Hemisferio de la  rosa”  (1973)

María Meleck Vivanco nació en el valle de San Javier, Pcia. de Córdoba en 1921, vivió como poeta,  íntegramente comprometida con su  poesía onírica y mágica , reveladora de múltiples mundos. Artífice del azar.
Algunos de sus libros son “Hemisferio de la rosa (1973); “Rostros que nadie toca (1978); “Los Infiernos Solares” (1988); “Balanza de Ceremonias (1992);  “Canciones para Ruanda” (1997). Inéditos: “Mar de Mármara” (2000); Los regalos de la locura (2006), entre otros.
Su profesión era la Medicina Física y la Docencia universitaria.
Fue una Maestra en cultivar amigos, y en “tallerear” con ellos. Era una practicante del amor incondicional. Mi gran amiga es ahora y para siempre una Musa, nuestra Musa , ángel de la Palabra juntando el cielo con la tierra para iluminarla de pájaros, rosas, sueños, ángeles, cantos hermosos, y encontrarnos en “bosques  o oro o en sosiegos de pan”.
Partió con esta promesa, en primavera, el 8 de noviembre de 2010. Se radicó desde muy joven en Buenos Aires. Actualmente vivía en Portezuelo, Uruguay, junto a su familia. 

 

Brújula

                                                 A María Meleck Vivanco

¡Proa al tercer ojo!
grita el capitán.
Y mi alma toma el timón

busca la brújula
pero la brujita no está en su lugar

Ay con mi barco
paloma de mi alma

¡Levanten anclas!

El contramaestre responde a la orden
sin siquiera mirarme,

mi cuerpo con alas
tomado al timón,

y en el tercer ojo
la brújula.

Última orden:
¡levanten anclas!

María Montserrat BertrÁn

 

Me bartolo                                                                                

                                  “...y un malón castrense...”
                                                                     Luis Franco

Don Bartolo además de una flauta
tenía un complot y sabía latín
Tenía una arenga en la espada
Don Bartolo además de una flauta
con un agujerito solo

con un agujerito solo
tenía un fraude
“y un malón castrense”

Los saladeriles le esponsoreaban los conciertos
y los recitales: letra y música
al presidente de los argentinos
más europeos

Don Bartolo además de una flauta tenía
un poema de amor
ilustrado

Los Bartolomé
si son Mitre
indeclinablemente
venden La Nación.


Rolando Revagliatti

 

El día que no morí

Para contar esta historia, debo hacer un poco de historia.
Desde hace un par de años, con un socio, damos clases de griego por las tardes. Y los sábados por la mañana, transmitimos nuestro saber de la vieja lengua, en un bar céntrico. Tras la divertida tarea, y ya que estamos allí, nos reunimos —con amigos de diverso pelaje y algunas bellas damiselas— a tomar café, hablar de polo, básquet, críquet, bolitas, trompos, quinielas, Tinelli, Mirta, Su, modas y otros temas fundamentales. Hasta pasado el mediodía. 
Semanas atrás. La noche previa a un sábado de los mencionados, como por motivos incomprensibles vivo solo, me quedé trabajando hasta las cuatro de la madrugada. Trabajando y corrigiendo textos greco-latinos, greco-romanos, greco-húngaros, greco-otomanos y solamente grecos. Cené de modo frugal. Y me acosté. A dormir. Eso supuse.
Uno de mis queridos insomnios me atacó. Por la nuca. A traición. Bebí un vaso con leche tibia. Y tomé un ansiolítico. Para descansar. Pero, jamás, a perpetuidad. El despertador cumplió su deber, a las siete y media. A las y cuarenta y cinco, le envié a mi socio un mensaje por celular comunicándole que no asistiría por insomnes razones. Hecho, apagué teléfonos, móvil y fijo. Necesitaba dormir, pero no eternamente.
Con el sol en su cenit, mi perra Syrah —por la uva, no el vino— me espantó con ladridos estridentes. Despegué los ojos. El reloj marcaba las doce en punto. Oí golpes en la puerta de calle. ¿Quién sería? Por mí, que. Otra vez Syrah escandalizando. Otra vez sonidos de puño en la madera. Pensé en los Testigos de Jehová que suelen romper los fines de semana. Me desperecé. Me desesperé. Me vestí. Salí del dormitorio. Di unos pasos. Por poco me desmayo de asombro impío.
Agu, mi yerno más joven, estaba ahí, de pie frente a mi cara descarada. Y mi boca abierta al infinito de lo increíble. Pero, los golpes se impacientaban. Fui. Giré la llave. Ya no me sorprendí. Era Juan, mi otro yerno, el mayor. Aunque también muchacho.
Ofrecí café. Juan aceptó. Mientras recalentaba y disponía pocillos, me anoticiaron. Habían llamado a Alma, mi hija menor, esposa de Agu. ¿Quién? Pues, “los del café”. Preocupados por mi ausencia. Y silencio. También habían telefoneado. Destapé fijo y celular. Treinta y tres recados entre ambos. Algunos me creían tirado en el piso. Quebrado. Inconsciente. Otros, simplemente, espichado. Sucede que no soy tipo de ausentarme sin aviso. La mañana de clases y café había sido un verdadero drama. Había olido a tragedia. Y defunción.
Ellos, los robadores de hijas, se habían hablado. Y decidido disparar en auto a comprobar. Agu, cual liviano superhéroe, había escalado la reja de seis metros que da al jardín e ingresado de audaz salto a la casa. Juan, intentando no alarmar al barrio, se encargó de tocar a la puerta de entrada.
Debí haberlo previsto. Mi socio —que, además de sordo renegado, no usa audífonos ni siquiera para aliviar su tapiedad que orilla el cien por ciento—, nunca había escuchado el sonido de su celular anunciando mi mensaje. Tal era la causa de mi súbita despedida de este maravilloso mundo. 
 De pronto, más toques en la puerta. Espié por el través de la cortina. Un centenar de vecinos y curiosos colmaban el porche, la vereda y la calle frente a la vivienda. Divisé, incluso, el transporte de una funeraria y dos ambulancias de por si acaso. De por si acaso vivía.
Bebí el resto del café mientras pensaba. Pedí a los chicos que aguardaran. En minutos, salí de mi cuarto vestido de traje negro y corbata ídem. Puse algo de talco sobre mi semblante, para empalidecerlo claro. Y les rogué me llevaran de los hombros, en andas, y abriesen la puerta.
El silencio fue estruendoso. No se movía ni una pestaña. Al cabo de dos metros, me desprendí de mis trasladadores y caminé un tantito como zombi vacilante.  Luego, me detuve y alzando los brazos al cielo, cual Héctor Alterio, grité: “¡La puta, que vale la pena estar vivo!”. 
Hubo aplausos muchos, exclamaciones varias y hasta lágrimas.
Ya a solas, telefoneé a los que me habían llamado y a dos alumnas. A mi ex socio no.
Lo vi esa tarde-noche. Antes, le solicité a un familiar un consejo y un arma. El consejo fue sobre cómo usarla desde muy cerca. Cuando quiso saber para qué era el chumbo, respondí:
—Nada ilegal. Un tema médico. Una definitiva operación de sordera.  
  

Emilio FernÁndez CordÓn                            
Hecho en Mendoza, en noviembre de 2010.

 

Martiana herencia

Cinco estrellas ceñidas en un puño
romperán los barrotes del encierro
Lumbre digna de paz por el terruño
de lumínico son en su campana
¡valiente brote latino-caribeño!
¡retornará en capullos a La Habana!

HÉctor Celano.

 

La pregunta

Me preguntaron
Dónde vive la poesía?  Y yo pensé
En los ojos de un campesino en Chiapas?
En la boca vacía de un niño en Managua?
En el corazón de un pueblo desnudo en el Amazonas?
En el gatillo frío de un revólver en Nueva York?
Dónde vive la poesía?
Entre las cuerdas de una guitarra un sábado por la noche?
Entre las piernas de la mujer amada?
En el juego de los chicos que juegan?
En el vino degustado entre amigos?
Dónde vive la poesía?
En la garganta del sediento?
En el pañuelo que llora al viento una despedida?
En el perfume del jardín en primavera?
En la anciana que amasa pan con los recuerdos?
Dónde vive la poesía?
En una muchacha bajo la lluvia en verano?
En una película de Kurosawa?
En el piano tanguero de Pugliese?
En la sonrisa de una chica en la zona roja?
Dónde vive la poesía?
En el agua que baja de la montaña y riega la viña?
En el caballo blanco que corre libre por el campo?
En las manos que encienden una lámpara por la noche?
En un cigarro armado con paciencia entre cuatro paredes?
Dónde vive la poesía?
En aquellos que sueñan un mundo mejor mientras le meten picana?
En el ojo de un astronauta ciego?
En un café de la calle Corrientes?
En el abrazo de un amigo un domingo por la tarde?
Dónde vive la poesía?
Me preguntaron y siento que esa respuesta
Afortunadamente no la sé.

Carlos Carbone

 

Erogasmo I


No importa, digo,
digo que no, que igual seguiré
pensando que voy hacia vos
y sos vos la que está aguardándome
como la mujer que espera a su amante.
Porque voy galopando
sobre cada una de estas palabras
para tomar tus pechos por asalto,
perderme
en la marea salitrosa de tu sexo
y gritar allí
el nombre
del primer hombre o mujer
que ha de darle continuidad
a esta historia.

Juan Alberto NÚÑez

 

Ese hombre

(a Pablo Marrero)

Uno soporta la intemperie
                             del mundo
sin saber casi nada
afuera, los ojos de la noche
tiritan contra los
                ventanales
inofensivos hombres deambulan
                      con sus penas grandes
otros hunden sus colmillos
           sin perder el sueño.

Uno es un barco
y su pecho un océano
entonces
construye la fábula del mar
y enciende la lámpara
para que nadie se confunda.

Ese hombre
   es un puerto
y en su rostro sobrevive
                           la memoria.

Carlos Carbone

 

Si la poesía te toca

                                                   A Carlos Carbone

Y la poesía me tocó    con su mano de luz con su vuelo de gorrión    me tocó  con su ojo de nodriza  con su lengua de gato    como le pasó a Bradbury con el hombre ilustrado   él se zambulló en las historias tatuadas de su cuerpo y yo remonté vuelo para montarme sobre su palabra    a Ray le costó ofrecerle un plato de comida  a mí me bastó una mirada  un gesto  el compartir el vino y abrir el alma    así fue que un día conocí a esa mujer en el preciso momento que  dentro de una olla humeante lo inventaba a él para que le escribiese poemas    y ahora cada  domingo voy a la plaza del barrio para juntarme con cientos de pibes que  cuchara en mano   esperan su turno para zambullirse en un barril de dulce de leche   ese que nunca baja las banderas    los sábados por la tarde me toca hacer guardia en su jardín para cuidar el rosal y no permitir nunca que se lo devoren las hormigas   o  los traidores    anoche    anoche asistí al funeral del mago  ese que cuando era chico me dejaba con la boca abierta en la carpa del circo que armaban en la esquina de mi casa    una vez más me volvió asombrar al poner en escena su último truco   a la hora de llevarlo al cementerio desapareció del cajón    ay  tengo que confesar que a veces el ruido del tren entrando a mi pieza me hace saltar de la cama    de él bajan algunos viajantes y suben otros para llenar de nuevo los vagones y sentarse en esos viejos y desvencijados asientos    con él fui pasajero del penúltimo tren  ese que me dejó en una nueva estación    y ahora estoy acá   parado en el andén   para no perder más el tren y agarrar el mío   el de él   el nuestro  el de todos    para seguir soñando  como esa florcita que en la inmensidad de la pampa   sola   sueña con el bosque    y no secarme   no convertirme en hojarasca    temblar ante cada caricia  cada beso  cada injusticia                                por eso necesito seguir montándome a tu palabra  para que cada día la poesía me toque y mis pies sean terremoto sobre el mundo.

Pablo Marrero
Diciembre 2010

 

—Bueno: llegó la hora del brindis y vamos hacerlo por lo mismo que levantamos las copas cuando llegamos a esta cueva, hace diez años:

¡POR LA UTOPÍA!
¡POR LA VIDA!
¡POR LOS DÍAS QUE VENDRÁN!

El fuego se extingue. Carlos y Pablo levantan sus mochilas, echan una última mirada al lugar, toman el último trago de vino y comienzan a caminar. Van abrazados. Sin querer la mano de Pablo se desliza hacia las nalgas de Carlos, que salta como leche hervida.
—¡Pará, loco! ¡Te aprovechás de este momento de debilidad!
—Dejáte de joder, fue sin querer y además ofendes a mi buen gusto...
—¡Ja! Vos bien quisieras tener estos glúteos bien duritos, que a las mujeres les encanta.
—Andá, si parecen aguas vivas...
—Claro, porque el tuyo...

Las voces se pierden en los pasillos oscuros y en instantes van a desaparecer. Pero en las paredes de la Bodega quedarán grabadas miles de palabras, centenares de cuentos y de poemas, que jamás se podrán borrar.
Bodegueros!!!! Sigan mandando sus poesías y cuentos que lo subiremos a nuestra página. Para ello escriban a ecoediciones@receco.com.ar
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