La multitud en la plaza Tahrir confirma que “la revolución vive” Imprimir E-Mail
Wednesday, 09 de February de 2011
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El aroma de la traición flota en el ambiente; temen que el mundo los olvide. Mubarak trata de pintar a Egipto como un país que vuelve al sopor autocrático




La sangre se pone oscura con la edad, las revoluciones no. Jirones de tela penden este martes de una esquina de la plaza: las últimas ropas que vistieron los mártires de Tahrir, entre ellos un médico, un abogado y una joven. Sus retratos ondean sobre la multitud; la tela de las playeras tiene manchas del color del lodo.
Este martes decenas de miles honraron a sus muertos. Fue la marcha más grande hasta hoy contra la dictadura del presidentre Hosni Mubarak: una multitud sudorosa que empujaba, gritaba y lloraba de gozo e impaciencia, temerosa de que el mundo olvide su valentía y su sacrificio. Tres horas nos llevó abrirnos paso hacia la plaza, otras dos navegar a través de un mar de cuerpos humanos para salir. Muy arriba, un espantoso fotomontaje ondeaba al viento: la cabeza de Hosni Mubarak sobreimpuesta a la terrible imagen de Saddam Hussein con la soga al cuello.
Los alzamientos no siguen calendarios. Y Mubarak buscará alguna venganza por la renovada explosión de ira y frustración de este martes contra su imperio de 30 años. Durante dos días, su nuevo gobierno de “vuelta a la normalidad” ha tratado de pintar a Egipto como una nación que vuelve a sumergirse en su viejo sopor autocrático. Gasolineras abiertas, una serie de obligadas congestiones de tránsito, bancos que entregan dinero –si bien en cantidades convenientemente pequeñas–, tiendas que atienden negocios con cautela, imágenes en la televisión de ministros que escuchan atentos al hombre que seguirá siendo rey por seis meses más, quien predica sobre la necesidad de poner orden en el caos, única razón que aduce para aferrarse torvamente al poder.
Pero Issam Etman demostró que el tirano se equivoca. Empujado y aplastado por miles, llevó en hombros a la plaza a su hija Hadiga, de 5 años. “Estoy aquí por ella”, gritaba por encima del estruendo de la protesta. “Por la libertad de ella quiero que Mubarak se vaya. No soy pobre; dirijo una compañía de transporte y una gasolinera. Todo está cerrado ahora y me afecta, pero no importa. Pago de mi bolsillo a mis empleados. Esto es por la libertad; cualquier sacrificio vale la pena.” En hombros de su padre, la niña miraba con asombro a la épica muchedumbre: ninguna superproducción de Harry Potter igualaba algo así.
Muchos de los manifestantes –tantos habían llegado hacia la tarde que la protesta se había desparramado hacia los puentes del Nilo y luego a otras plazas del centro de la capital– habían ido por primera vez. Los soldados del tercer ejército egipcio, cuyo número debió pasar de 40 mil, permanecían sentados mansamente en sus tanques y transportes blindados, sonriendo con nerviosismo al ver a ancianos y jóvenes, incluidas mujeres, sentados junto a las orugas, durmiendo sobre el blindaje o con la cabeza apoyada en las grandes ruedas de acero: una fuerza militar forzada a la impotencia por un ejército de disidentes.
Muchos dijeron haber venido porque tenían miedo. Temían que el mundo perdiera interés en su lucha, porque Mubarak no ha dejado aún su palacio, porque las multitudes han reducido su tamaño en días recientes, porque algunos de los camarógrafos se han ido en pos de otras tragedias y otras tiranías, y el aroma de la traición flotaba en el aire.
Si la república de Tahrir se seca, el despertar nacional habrá terminado. Pero este martes demostró que la revolución vive.
El error fue subestimar la capacidad del régimen de pervivir también, de sobrevivir, de poner en acción a sus torturadores, de apagar las cámaras y acosar a la única voz de este pueblo –los periodistas– y persuadir a esos viejos enemigos de la revolución, los “moderados” tan amados por Occidente, de degradar su única demanda. ¿Qué son cinco meses si el viejo se va en septiembre? Hasta Amr Moussa, el más respetado de los egipcios favoritos de las multitudes, sale ahora con que quiere que el anciano siga adelante hasta el final. Es triste en verdad la falta de malicia política de esta masa inocente, pero poco informada.
Los regímenes echan raíces de hierro. Cuando los sirios salieron de Líbano, en 2005, los libaneses creyeron que bastaba cortar la cabeza y sacar del país a los soldados y oficiales de inteligencia. Recuerdo el asombro con que todos descubrimos la profundidad de los talones de Siria. Estaban encajados muy hondo en tierra libanesa, en el mero lecho rocoso. Los asesinatos siguieron. Y así también ocurre en Egipto: los esbirros del Ministerio del Interior, la policía de seguridad del Estado, el dictador que les imparte las órdenes, todos están en funcionamiento… y si una cabeza debe rodar, habrá otras que pegar en el retrato de familia para enviar de nuevo a las calles a esos hombres despiadados.
Algunos en Egipto –encontré uno la noche del martes, un amigo mío– son ricos, apoyan genuinamente al movimiento democrático y quieren que Mubarak se vaya, pero temen que si ahora sale del palacio los militares impondrán sus propias leyes de emergencia antes que se discuta una sola reforma. “Quiero que las reformas se instauren antes que él se vaya –dijo mi amigo–. Si se va ahora, el nuevo líder no tendrá obligación alguna de llevarlas a cabo. Las reformas se deben acordar ahora y ponerse en vigor con rapidez: lo importante es la legislatura, el aparato de justicia, los cambios constitucionales, los términos presidenciales. Tan pronto Mubarak se vaya, los hombres con galones en los hombros dirán: ‘¡Se acabó, vayan a casa!’ Y tendremos una junta militar de cinco años. Mejor que el anciano se quede hasta septiembre.”
Con todo, resulta fácil acusar a los cientos de miles de manifestantes por la democracia de ser ingenuos, simplistas y confiar demasiado en la Internet y en Facebook. Cierto, hay cada vez más pruebas de que la realidad virtual se volvió la realidad para los jóvenes egipcios, que llegaron a creer en la pantalla más que en la calle, y que cuando salieron a la calle se quedaron perplejos ante la violencia del Estado y la persistente y brutal fuerza física del régimen. Sin embargo, para la gente es abrumador también saborear esta nueva libertad. ¿Cómo pueden personas que han vivido tanto tiempo bajo una dictadura planear su revolución? Los occidentales no tomamos esto en cuenta; estamos tan institucionalizados, que todo en nuestro futuro está programado. Egipto es una tormenta sin dirección, una inundación de expresión popular que no encaja en nuestros libros de historia de las revoluciones ni en nuestra meteorología política.
Todas las revoluciones tienen sus “mártires”, y los rostros de Ahmed Bassiouni y de los jóvenes Sally Zahrani y Moahmoud Mohamed Hassan flotan en pancartas por toda la plaza, junto con imágenes de cabezas horriblemente mutiladas, con un mensaje terrible: si las multitudes dejan la plaza ahora, esos muertos también habrán sido traicionados. Y si en verdad creemos en la teoría de régimen-o-caos que aún sujeta a Washington, Londres y París, la naturaleza secular, democrática y civilizada de esta gran protesta también será traicionada. El estalinismo mortal de las gigantescas oficinas gubernamentales de Mugama, la mole del Museo Egipcio, resguardada por militares y con la máscara dorada de Tutankamón –símbolo del poderoso pasado egipcio– en lo más profundo de sus salones: tales son los pilares que sostienen el escenario de la república de Tahrir.
La semana tres –día 16– carece del romance y la promesa del Día de la Ira, de las grandes batallas contra los golpeadores del Ministerio del Interior y del momento, hace apenas poco más de una semana, en que el ejército se negó a seguir las órdenes de Mubarak de aplastar a la gente en la plaza.
¿Habrá una semana seis o un día 32? ¿Aún estarán las cámaras allí? ¿Y la gente? Este martes echó abajo las predicciones una vez más. Pero habrá que recordar que las garras de hierro de este régimen comenzaron a hundirse hace mucho en la arena, más profundas que las pirámides, más poderosas que la ideología. No hemos visto lo último de esta criatura. Ni de su venganza.
Fuente: Robert Fisk - La Jornada
 
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