“Le tengo terror a un plebiscito” Imprimir E-Mail
Thursday, 08 de September de 2011
Con su sinceridad habitual, el senador Carlos Larraín ha confesado abiertamente: “le tengo terror a un plebiscito”. Por supuesto, la derecha siempre le ha tenido terror a los pronunciamientos soberanos, libres e informados, del pueblo. A lo largo de nuestra historia sólo ha recurrido al plebiscito en condiciones de superioridad absoluta. Bajo una dictadura, con propaganda masiva sólo para la alternativa del gobierno, con papeletas en que sólo se puede decir sí o no, con padrones electorales sospechosos, o sin ellos.

(Carlos Pérez – Alai) Chile - El movimiento estudiantil ha levantado una demanda que toca lo más esencial del modelo político, económico y social instaurado por la derecha neoliberal y resguardado eficientemente por la Concertación durante veinte años: atentar contra el lucro es atentar contra el corazón del sistema.
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La demanda debe permanecer en ese grado de radicalidad: no al lucro en educación. Y esto significa, muy en concreto, que se termine la lógica de autofinanciamiento de las universidades, que se termine con el financiamiento universitario a través del endeudamiento de las familias con la banca, que el Estado se haga responsable del financiamiento directo y estable de al menos el 50% del presupuesto de las universidades estatales, y tradicionales no privadas; que el Estado financie de manera directa el 100% del presupuesto de la educación estatal preescolar, básica y media.
No a la lógica del lucro en educación no significa prohibir el lucro para los que puedan pagarlo. Pero significa que el Estado no debe dar ni un peso a las empresas educacionales privadas. Ni directamente, ni indirectamente, a través de exenciones tributarias o sistemas de subvenciones. Significa que se deben congelar las subvenciones a la educación privada, y luego disminuirlas progresivamente, para volcar todos esos recursos a la educación estatal.
No a la lógica del lucro no significa afectar la libertad de enseñanza. Que todo el que quiera instalar instituciones educacionales por su cuenta, y desde su bolsillo lo haga. Significa, en cambio, que el Estado se haga cargo de la
chileeducacionjunio2011.jpegdemanda educacional, y garantice la educación para todos los chilenos que la requieran de manera libre y gratuita. Significa que el Estado cree las escuelas y liceos que puedan satisfacer esa demanda. Que cree un sistema de educación técnico profesional masivo y gratuito. Que cree sistemas de educación y perfeccionamiento para trabajadores.
Con toda razón, si es esto lo que se somete a plebiscito, los que en su día se opusieron a la Ley de Instrucción Primaria Obligatoria, hoy día están aterrorizados. Y son capaces de hacer muchas cosas para impedirlo. Porque si el conjunto de la ciudadanía se pronuncia a favor de estas demandas, no habría razón ya para mantener el mismo sistema en la salud, ni para los subsidios millonarios a los empresarios del transporte, ni para el sistema que permite a las grandes empresas pagar menos impuestos que las personas comunes. Porque si los ciudadanos se pronuncian a favor de estas demandas no habría razón ya para mantener nuestras riquezas básicas en manos del capital extranjero.
Están dispuestos a hacer muchas cosas, y ya las están haciendo. Infiltrar las marchas con policías encapuchados, hacer uso del monopolio que detentan sobre los medios de comunicación para decir diez sobre el gran apoyo que
chileparoestudiantesjunio2011_4.jpgtiene el movimiento y luego noventa sobre la “violencia a la que conduce”. Diez para decir que algo es justo, noventa para azuzar el temor, y la división.
Pero es obvio que la manipulación y la violencia policial son herramientas políticas muy débiles. Y eso es lo que han mostrado las movilizaciones, que crecen y suman cada día a nuevos adherentes activos. Las herramientas políticas más eficientes son los propios políticos, que se supone nos representan. Eso es lo que han mostrado los veinte años anteriores, administrados por la Concertación.
Es por eso que el gobierno, y los mismos parlamentarios y, ¡cómo no! la inefable Iglesia Católica, insisten en llevar la discusión al Parlamento. A un Parlamento elegido por votación binominal, con la derecha largamente sobre representada, con más la mitad de la Concertación esperando repetir la misma gracia que hizo al distorsionar la salida al movimiento estudiantil de 2006.
¿Qué discutir en un Parlamento que no representa a los ciudadanos? ¿Cómo emplazar a ese Parlamento a cumplir un rol real, que vaya más allá de legitimar y respaldar una y otra vez al modelo económico instalado? ¿Cómo ir al Parlamento sin que ese diálogo se convierta sólo en un show mediático con vistas a las próximas elecciones?
Lo único que puede hacer el Parlamento para dar salida a este conflicto es aprobar reformas constitucionales que apunten a la demanda central: que el Estado garantice educación gratis y de calidad en todos los niveles, para todos los chilenos que lo requieran. ¿Es eso lo que el Parlamento quiere hacer?
Si el Parlamento no quiere, o no puede, hacer estas reformas, porque las mayorías construidas de manera mañosa se lo impiden, porque no quiere cargar con decisiones que enojen a quienes financian las campañas de cada parlamentario, lo que debe hacer el aprobar reformas constitucionales que permitan que los ciudadanos sean consultados por la vía plebiscitaria, de tal manera que sus pronunciamientos sean vinculantes para el poder político.
Justamente ahora, muchos actores políticos están planteando la posibilidad de un plebiscito. Considerando los modos de hacer política en este país, casi estoy de acuerdo con la sensación de Carlos Larraín. La verdad es que nosotros también deberíamos estar preocupados por tal posibilidad.
¿Un plebiscito para decir sí o no a un enunciado genérico? ¿Un plebiscito para aprobar derechos sin establecer la manera de hacerlos exigibles? ¿Un plebiscito para llamar a la unidad nacional sin tocar en absoluto las bases del sistema que todas estas demandas están impugnando?
El movimiento social debe establecer claras condiciones sobre el modo y el tema en un eventual acuerdo en torno a un plebiscito. En primer lugar, se debe establecer una prioridad en torno a los temas que deberían ser sometidos a consulta en el plazo inmediato, aunque a mediano plazo todos estos temas deban ser resueltos por esa vía.
La prioridad no es difícil de establecer. Un plebiscito que apruebe el llamado a la elección de una Asamblea Constituyente, elegida de manera proporcional, que sea deliberante, que redacte ella misma proyectos de nueva Constitución Política, y que someta las alternativas a la aprobación ciudadana.

 
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