“Nos escondimos cuando oímos los disparos, pero los niños lloraban y nos descubrieron”

El testimonio de los sobrevivientes de la matanza de Acteal sigue siendo clave para conocer qué ocurrió hace diez años en Chiapas

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(Jesús Ramírez Cuevas - La Jornada) - La mañana del 22, los agresores salieron desde Los Chorros (escoltados por la policía), Puebla, Chimix (en vehículo del municipio), Quextic, Pechiquil y Canolal; algunos caminaron por la montaña para llegar a Acteal. Divididos en grupos, rodearon el lugar desde las partes altas y dispararon desde varios flancos.
El hermano del catequista Alonso Vázquez –asesinado ese día – contó: “Estábamos rezando a un lado de la ermita. Teníamos dos días de ayuno y oración por la paz. Como a las 10 y media de la mañana comenzaron los disparos. Primero se escucharon a lo lejos. Después se oyeron en los alrededores, hasta que los empezamos a sentir. Todos corrimos a escondernos más abajito, en un pequeño barranco donde nace el arroyo”. Y continúo: “Pasaron varias horas y por miedo nos quedamos ahí esperando. Los disparos seguían y los niños lloraban. Cuando los agresores se acercaron a la ermita nos escucharon y descubrieron que estábamos ahí escondidos. Llegaron adonde estábamos y empezaron a disparar de cerca. Todos gritaban, fue algo espantoso. Ahí murió mi papá, mi mamá, mi hermana y mi cuñada”.
Pedro, entonces un niño, contó: “Estaban disparando desde la ermita y abajo de ella. Se veía la lluvia de las balas que pasaban sobre nosotros. Al ver cómo caían cerca de mí me escondí entre la maleza. Ahí me quedé hasta la noche. Después regresó un grupo a revisar a los que quedaron tirados. A los que se movían aún o se quejaban, los remataron con bala o les machacaron la cabeza con una piedra”.
Jonás, habitante de Acteal quien avisó por teléfono a la diócesis de la balacera es testigo privilegiado de la actuación de la policía estatal. “Cuando se escucharon los primeros balazos tuve miedo, pero se oían del otro lado de la carretera. Como a las 11 de la mañana llegaron varios oficiales de la policía estatal. Como no hacían nada, avisé por teléfono a la Conai”.
“Como a las cinco y media de la tarde –relata– dejaron de escucharse los balazos. Un vecino de Acteal nos avisó que había escuchado llantos, que parecía que había heridos. Esperamos media hora y decidí pedir permiso para ir al comandante de los policías que estuvieron todo el día en la escuela y no hicieron nada contra los agresores. A veces disparaban como para que nadie se acercara al lugar.
“El comandante (Roberto García Rivas, hoy preso) no quiso que me acompañaran los policías, que por miedo a que los mataran. Sólo me dio una clave para identificarme cuando regresara. Cóndor, me dijo: ‘gritas Cóndor para que no te disparemos’. Con otros tres compañeros entramos a la explanada junto a la ermita, había algunos muertos, pero escuchamos lamentos y llantos como lejos. Nos acercamos al arroyito y fue cuando vimos a mucha gente tirada. Algunos todavía se movían. Sacamos a los heridos como pudimos. La policía nunca nos ayudó; sólo gritábamos ‘Cóndor’, ‘Cóndor’ y ya nos dejaban pasar”.
Uno de los hechos más claros que pone en evidencia la complicidad oficial en la matanza es que durante el ataque permanecieron al menos 40 policías de seguridad pública del estado a 200 metros del lugar. Al frente de ellos –en la escuela de Acteal– estuvo el general de brigada DEM retirado Julio César Santiago, coordinador de asesores del Consejo de Seguridad Pública del estado, así como varios comandantes policíacos. El general admitió ante el Ministerio Público haber permanecido cuatro horas en ese lugar mientras se producía el ataque. Ni siquiera pidió refuerzos.
Entrevistado en Acteal después de los hechos, Roberto García Rivas, ex capitán del Ejército y primer oficial de la policía estatal aceptó haber estado ahí durante la matanza. Dijo que los policías se colocaron pecho tierra y dispararon intermitentemente hacia el lugar, pero que no intervinieron. “¿Qué tal si nos matan? Por eso no nos acercamos; de tontos vamos allá”, dijo con un desparpajo increíble. El comandante aceptó que había informado a sus superiores y que recibió instrucciones de no intervenir.

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