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Debía crecer un sueño

“Acá crece un sueño”, se lee en el cartel de la constructora de la escuela 144 de Aguada San Roque en la que la explosión de un calefactor provocó la muerte de tres trabajadores. Dos hombres que hacían mantenimiento y una maestra. Entre Añelo y Rincón de los Sauces, a 160 kilómetros de Neuquén, la vida se volvió muerte en un instante a las 15.30 del 29 de junio. Hasta el mediodía un grupo de niños había estado en la escuela. Hace casi tres años, en Moreno, en el conurbano bonaerense fue al revés. Las chicas y chicos aún no habían llegado a clases. Debían hacerlo unos minutos más tarde del instante en que la explosión de gas provocó las muertes de Sandra Calamano y Rubén Rodríguez. Por Claudia Rafael – Agencia Pelota de Trapo.

Un espacio que debiera ser un lugar sagrado en el que –como solía decir Simón Rodríguez- reinventar la educación y la escuela por estos lares para hacernos americanos y no europeos. No un sitial para la muerte como ya ocurrió demasiadas veces.

La escuela tiene más años que el pueblo. En 1982, aún en tiempos de dictadura, se asentó el pequeño edificio que, años después, daría lugar a Aguada San Roque. Faltaban todavía 17 años para que el gobernador Felipe Sapag firmara el decreto provincial para la creación del poblado. Allí donde los antiguos habitantes se detenían para que los animales tomaran agua camino al paraje Cortaderas, donde trocaban cueros, lanas, pieles de zorro por otras mercaderías.

Parece no haber un sueño que crezca. Ayer murió Mónica Jara, la maestra, tras 13 días de internación. Nicolás Francés y Mariano Spinedi, los otros dos trabajadores, murieron en el momento.

El 6 de mayo, 54 días antes del estallido, el sitio Vaca Muerta News publicaba que Aguada San Roque “por su posición estratégica entre dos referencias de la explotación convencional y no convencional de hidrocarburos, busca convertirse en un lugar atractivo para la instalación de pequeñas pymes relacionadas al sector hidrocarburífero”. Y definía –como se suele hacer desde los holdings que reparten felicidad- que “el paraje no quiere perder el tren de desarrollo” y a la vez quiere “mantener sus costumbres ancestrales”.

Promesas al viento que, en verdad, derraman más desigualdad, pobreza y deterioro del ambiente desde las pancartas que propalan bonanza y empleo.

Tres trabajadores murieron –como una contradicción que no cesa de repetirse en el tiempo- en el lugar de trabajo como si se tratase de un “accidente”.

Mónica Jara tenía 34 años y se acababa de recibir de maestra. Era su primer cargo y había llegado al albergue para las niñas que, por la distancia entre su casa y la escuela, debían dormir allí durante la semana. Era el primer día de clases en su historia. Avisó del desperfecto en el calefactor, dentro de un poblado en el que el bajo cero es una realidad cotidiana.

El gremio docente Aten denunció que casi “el 42% de las escuelas de Neuquén que requiere mantenimiento y tienen problemas de gas, que un 33% de los establecimientos está a la espera de un edificio propio, un 16% tiene problemas en las redes de agua potable y cloacas y un 8,4% cuentan con un sistema eléctrico deficiente”.

Mónica Jara murió por las largas crónicas de desidias estructurales. Como murió 21 años atrás la profesora de Educación Física Silvia Roggetti, en una escuela de Villa Ceferino, mientras daba clases, a 164 kilómetros de Aguada San Roque, cuando se le cayó un hierro de la obra escolar sobre su cuerpo. Como murieron Rubén y Sandra, en la escuela 49 de Moreno, a 1200 kilómetros de distancia, cuando estalló la garrafa de la cocina poco después de las 8 y tras casi una decena de reclamos y revisaciones varias por gasistas matriculados enviados por el Estado. Como se salvó –sólo por azar- la maestra de la escuela 28 de Florencio Varela cuando un trozo de mampostería le cayó sobre la cabeza dos años atrás.

“Acá crece un sueño” se lee en el cartel de obra. Pero el sueño deberá serpentear por otros caminos. Donde cesen los crímenes laborales –esos que los buenos señores que dibujan planificaciones desde los escritorios suelen llamar accidentes- y se castiguen las desidias y los abandonos.

Acá deberá crecer necesariamente un sueño. Con las semillas de otra historia que nos signifique, como escribía María Elena Walsh, darle cuerda al amanecer, empujar un poco al sol, al buen día meterlo en casa y poder decir alguna vez Estación Claridad: vamos llegando.

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