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“Lo que pasa en el río Paraná es la ruptura del ciclo hidrológico”

El bioquímico Daniel Verzeñassi, integrante del Foro Ecologista de Paraná, explica las causas y consecuencias de la falta de agua en el tío Paraná. Cómo la deforestación y la contaminación están matando los ríos. Publicado en Revista Cítrica.

Lo que está pasando en el Río Paraná no es el proceso que conocemos como bajantes o sequías, es el resultado de una ruptura del ciclo hidrológico en el cual este río, el Paraguay y toda la Cuenca del Plata están involucrados. Ahora ese ciclo ha sido dañado irreversiblemente para la generación presente y la futura. El río Paraná no está en bajante, está en una etapa que no sabemos si no va a seguir disminuyendo, y se va a transformar en el nuevo régimen de los ríos del continente.

La preocupación por la bajante es una puesta en escena producto de la ignorancia de nuestros gobernantes, que ante la preocupación de la bajante están tomando medidas para ver cómo hacen para tomar agua transitoriamente un poco más adentro del nivel usual.

El río Paraná está fuertemente dañado. En la provincia de Entre Ríos, por ejemplo, no existe ninguna planta de tratamiento cloacal. Pero además tenemos la permisividad del Gobierno provincial de que la agricultura siga tirando veneno como tira, y ese veneno llega al río.

A partir del centro de la provincia, la divisoria de cuencas que tenemos tira todo el veneno de la agricultura al río Paraná. Hace seis años, el doctor Damián Marino, de la Universidad Nacional de La Plata, encontró presencia de químicos en barrios costeros de Entre Ríos. En 17 de 20 puntos del río, desde la confluencia del Paraguay y el Paraná, había trazas de químicos a la altura de donde están situadas las bombas que toman agua para la planta de potabilización.

Actualmente, como esa bomba quedó en el aire porque se quedó sin nivel para la aspiración extractiva, el Gobierno municipal, ante la necesidad de tener que tirar agua a la planta potabilizadora, armó una especie de endicamiento (diques en los cauces de los ríos) alrededor de esa bomba y con otras bombas chupan del río. Luego, por tuberías de ese endicamento, tiran agua adentro para llegar al nivel de la bomba de captación.

Esa bomba de captación chupa agua desde el borde costero, de lo que va quedando de costa, que es donde Marino analizó la presencia de venenos. Ahora esos venenos están adentro de ese tazón que han fabricado para poder tener un nivel para succionar y mandar a la planta. Se está concentrando el veneno, que no se identifica porque no se hacen análisis para detección de plaguicidas, antes de distribuir el agua para el consumo.

El único tratamiento que se le hace es la eliminación de partículas, de potenciales contaminaciones biológicas (como el agregado de cloro), y después se distribuye, pero no se analiza la presencia de los venenos que llegan al agua que se chupa desde las laderas del río y también desde la superficie descubierta del territorio entrerriano, donde se tiran arriba de dos millones de litros anuales de veneno. Todo esto ya fue estudiado pero no se ha hecho nada, al contrario, cada vez se tira más veneno. Esto configura el escenario de enorme preocupación. Es decir, la población está tomando agua contaminada.

En Europa tienen un protocolo de altísima rigurosidad respecto de las fuentes puntuales y difusas de contaminación en proximidades. Quien altera la distancia de prevención de cualquier tipo de contaminación en los lugares de extracción son fuertemente sancionados, porque es un crimen ensuciar las aguas de un río que se va a utilizar para potabilizar. Acá no existe ningún tipo de rigor respecto de cuáles son las posibles contaminaciones que recibe la proximidad de los lugares donde se toma el agua para potabilizar.

Estos devastadores de montes y liquidadores de selvas le han puesto el nombre simpático de “Expansión de la frontera agrícola o agrícola ganadera”. Con esa terminología embaucan a muchos, los que sin saber aplauden pensando que estamos camino a un proceso de mayor desarrollo y crecimiento económico. En realidad crecen económicamente muy pocos que además no saben que están construyendo, en todo caso, la lápida de su propio cementerio. Vamos camino a hacer invivibles estos lugares a partir de la disrupción del ciclo hidrológico.

El agua no se puede comprar. Entonces podrá tener algún tipo de acumulación de dinero porque cotiza mejor en una bolsa de Chicago, como los granos o la carne, pero lo cierto es que nuestros territorios han perdido biohabitabilidad.

Está camino a consolidarse lo que ya se había anunciado hace varios años, en la década del ‘90 del siglo pasado: a partir de la ruptura de los equilibrios ecosistémicos, habrá territorios que serán territorios del sacrificio. Una de las primeras advertencias de los territorios de sacrificio es la pérdida de caudal del Paraná.

Hace muchos años que la Amazonia sufre la deforestación, pero en los últimos cinco años la política de Jair Bolsonaro, Presidente de Brasil, generó un incremento enorme de este proceso que se presume ha pasado ya el umbral de la capacidad de resiliencia.

La selva primaria, tropical lluviosa, que es la que ha sido dañada, está valuada en cuanto a tiempos de recuperación en alrededor de 500 años. Es decir, esto que estamos sufriendo es un impacto definitivo. Hace por lo menos cinco o seis años, a raíz de la creciente porcentualidad de zona selvática dañada, comenzó a advertirse que lo que estaba en riesgo no solamente eran las lluvias que le daban caudal al río, sino todo lo que este proceso trae como consecuencia.

 
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