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Bolivia: anatomía del termidor del “proceso de cambio”

El “vivir bien” es un concepto relevante que condensa las expectativas revolucionarias que despierta la idea del Estado plurinacional (emergido en Bolivia por un proceso constituyente y refrendado por un referéndum democrático); así como el “socialismo bolivariano” de Venezuela o el “buen vivir” de Ecuador o, también, el denominado “vivir sabroso” de Colombia, se constituye en el marco de referencia utópica de la praxis política denominada, en Bolivia, “proceso de cambio”.

(Rafael Bautista S. - Indymedia) Bolivia - En toda praxis, lo decisivo se define desde esa su correspondencia con el horizonte utópico que la encarna y la proyecta siempre un pueblo constituido en sujeto histórico-político. Es en la praxis misma donde las apuestas estatales van señalando la direccionalidad de todo proceso y lo que permite advertir si la correspondencia con el horizonte utópico es real o no.

En un inicio, el denominado “proceso de cambio” expresaba sus contenidos en otro concepto muy poco abordado, el de “revolución democrático-cultural”. Como estos conceptos no proceden del mundo académico sino son la decantación discursiva de las luchas indígena populares, su explicitación nunca fue algo que se propuso ese mundo; su apología oficialista fue muchas veces aprovechada para sumarla mecánicamente al auge del llamado “progresismo” (cuando el “vivir bien” es una crítica a la idea misma de “progreso”), mientras la agresión derechista sólo reflejó la acumulación de prejuicios señoriales contra todo lo que significase indio (porque según la visión oligárquica, todo lo indio es sinónimo de atraso). En el golpe de Estado del 2019, se comprobó que ese discurso no era sólo una cuestión de moda sino el lenguaje mismo que el pueblo boliviano había generado para auto-comprenderse desde el horizonte utópico que se había propuesto.

Por eso, si la reacción popular contra el golpe fue activada por la temeraria quema de la wiphala que protagonizaron los golpistas, eso significaba que el “proceso de cambio” sólo tenía y tiene sentido desde lo más propio, representado en los símbolos plurinacionales. La defensa del “proceso de cambio” no era y nunca se expuso como la subordinación a una dirigencia que, en los hechos, si reculó ante los golpistas, fue porque privilegiaron el cálculo político antes que el compromiso revolucionario: su suerte antes que la suerte del pueblo (que ya era víctima del genocidio).

Este tipo de cálculo es el que sobresale cuando desaparece la fidelidad a un proyecto de vida y sólo entra en juego la sobrevivencia política, es decir, la negociación del poder. En esas condiciones es que siempre aparece el “termidor” de una revolución.

Si toda revolución aparece teniendo una base profundamente democrática y popular, su “normalización” es lo que genera la tendencia burocrática a la ortodoxia. En ese sentido, el “termidor” no es precisamente un alguien sino una manera de pensar que la encarnan ciertos actores que, estando en los lugares precisos y con un máximo poder de decisión, van diluyendo aquella base democrática y restituyendo las estructuras de poder como condición de la sobrevivencia de la revolución; tratándose, en realidad, de su propia sobrevivencia, entendida como única carta de garantía de un exitismo afirmado por una presumida infalibilidad.

Entonces el “termidor” hace acto de presencia cuando el pueblo, es decir el verdadero sujeto, es desplazado por el “termidor” hecho “sujeto sustitutivo”, que habla por el pueblo, decide por el pueblo y negocia (al margen de) el pueblo. El poder ya no nace del pueblo como una creación, sino aparece, ahora, de la disputa negociable con los anteriores grupos de poder. El poder se restituye como dominación y el “termidor” ya no construye hegemonía desde abajo (porque ya no es pueblo) sino sólo busca la dominación. Este es el proceso de fetichizacion del poder político que, inevitablemente, se genera en el rapto o “expropiación de la decisión” que produce el “termidor” como garantía de su permanencia entendida ya como sobrevivencia, porque la lógica de la dominación contiene una trampa insalvable: mientras más dominas, más solo te quedas.

Entre otras cosas, el golpe se impuso por ello. La dirigencia gubernamental se encontraba reducida, sin hegemonía ejecutante y con estructuras de poder prebendalizadas (al haber confundido formación con sólo información, creyeron que la lealtad y el compromiso se podían comprar). Por eso resulta hasta disparatado que el propio MAS, ahora, condicione (al parecer del “jefe”) cualquier creación de “Escuelas de formación”; siendo aquello reclamo popular, además como asunto pendiente en los 14 años de “gobierno del cambio”. Lo cual devela otra de las características de toda dominación: mantener al pueblo obediente e ignorante, sin posibilidades de interpelación y sólo movilizado para el voto y la defensa ciega de la dirigencia.

El “termidor” vuelve ahora para completar su aciago propósito: acabar con el proyecto que lo llevó al poder. Su consigna es básica y nunca ha sido mejor expresada que en las actuales ínfulas de poder que reclama una cúpula desplazada: “o nosotros o nadie” (semejante a la consigna de los halcones de Washington: “si caemos, haremos que todos caigan”). Desde que la decisión popular fue desconocida desde Buenos Aires y se impuso un binomio para mermar el desencanto de los relegados, se vio cómo la intromisión fue creciendo y dejando muy poca autonomía en las decisiones gubernamentales, al grado de crearle al “rey cercado” un gobierno paralelo que actúa internamente por medio de su incrustación sobre todo burocrática.

Recordemos nuestra descripción del “síndrome del rey cercado”: “El séquito (o llamado también “círculo q’ara” o “círculo blancoide”) eleva al rey a condición divina porque su presencia es lo único que garantiza la existencia del séquito (ya que sin el rey son nada). El rey se hace omnipotente, pero necesita del séquito, y el séquito necesita un rey dependiente. Por eso lo aísla y lo envuelve; de modo que todo lo hacen por él y, de ese modo, el rey ya no ve con sus ojos sino con los ojos del séquito, ya no escucha sino con los oídos de ellos; su contacto con la realidad está mediado por esa presencia que más le envuelve cuanto más lo endiosa. Pero el rey no es dios y, cuando esto se hace evidente, es cuando el rey ya no le sirve al séquito; entonces lo sacrifican y hasta lo elevan al martirio. De ese modo aparecen incólumes, haciendo del rey el chivo expiatorio que cargará con todas las culpas y todos los pecados; mientras el séquito, limpio e inmaculado, salvado por la sangre del inmolado, se dedicará, otra vez, a buscar un nuevo rey”.

Pero la situación actual se ha hecho más compleja. Pues el séquito ha develado su inoperancia, demostrando que su infalibilismo era apenas la acumulación de cándidas conjeturas de una realidad de cuento de hadas y su gurú intelectual, un improvisado inventor de hipótesis sietemesinas, como el “empate catastrófico” o el “punto de bifurcación”, que más parecían, como realmente fueron, criterios infelices que mantenían una polarización que iba a conducirnos inevitablemente al golpe. Ahora el rey sale de su cerco, pero no para remediar su encapsulamiento sino para reponer la lógica del “termidor”. La base democrática y popular del “proceso de cambio” ahora son un lastre para el retorno del líder único y éste también apuesta por su pura sobrevivencia.

Para la dirigencia desplazada, el único horizonte político se reduce a la disputa por el poder. Saben que lo único que garantiza su sobrevivencia política es la reposición del mando en manos del líder único, porque sólo su presencia endiosada hace posible el retorno de todo el séquito. Sin el líder, ellos ya no tienen sentido en la política. Sin ellos, el líder ya no tiene poder burocrático. Ni siquiera ya defienden al líder por fe sino por cálculo, lo usan como única garantía de su sobrevivencia política. Y el líder los usa y abusa, porque necesita un aparato burocrático que le invente legitimidad.

La vigencia de un liderazgo no es algo que se pueda inventar sino algo que se siembra y se cosecha: sembrar siempre con el pueblo es lo que produce siempre legitimidad. Un verdadero líder no le expropia nunca al pueblo su capacidad de decisión sino la restituye siempre, haciéndolo sujeto político antes que un mero obediente, por eso restituye en el pueblo su capacidad de ejercicio deliberativo, como plataforma continua de renovación democrática.

Pero la actual y obcecada purga que ya se manifiesta al interior del MAS, sólo demuestra la pérdida de sentido de realidad de una dirigencia que en vano se inventa enemigos cuando los tiene bien instalados en su obstinada sobrevivencia. En política, la vigencia de alguien es legítima no por su frenética insistencia; hacerse el héroe mediante la victimización es el recurso desesperado de quien ya adivina que no es insustituible. Porque también advierte, de algún modo, que vivimos otro momento y que reclaman otro tipo de liderazgos.

La resistencia y la derrota al golpe del 2019, establece un nuevo momento en el “proceso de cambio”. No es producto de un continuismo lineal sin novedad alguna. La ruptura que se produjo develó también un quiebre con la gestión anterior del “gobierno del cambio”. El desagravio de la wiphala también significó la reafirmación del horizonte indígena desplazado por el “sujeto sustitutivo” y funcionalizado en torno a las prerrogativas de un “progresismo” preso todavía de las narrativas eurocéntricas.

La hegemonía democrático-popular la recuperó merecidamente el mundo aymara que, es preciso señalar, ha sido siempre el más vilipendiado por los prejuicios señorialistas, naturalizados por casi todo el mundo citadino. El ataque actual a la wiphala y al Willka Kuti (no sólo de la derecha sino hasta de personajes de izquierda) demuestran lo naturalizado del racismo en una sociedad fundada en la desigualdad como principio de vida. El pueblo venció al golpe porque el golpe fue contra el pueblo, contra su horizonte político y la forma de vida que se deduce de esa apuesta: volver a ser comunidad, “cultura de la vida”. Por eso el pueblo repuso su poder constituyente, devolviéndose la soberanía política. Pero esa soberanía fue otra vez raptada más allá de nuestras fronteras.

La esperanza volvió a cubrir nuestros cielos, batiendo esas banderas del amanecer, llamadas wiphalas, creyendo que la renovación necesaria iba a ser posible, pero el tufillo del triunfo descubrió, otra vez, a un partido que no adivinó ni en sueños lograr tal porcentaje electoral y, como de costumbre, se dedicó a improvisar una gestión como un mero continuismo que, para beneficio de las ONG y el financiamiento internacional, hacen de la gestión pública el mejor disfraz para imponer sus agendas.

En ese sentido, la función del “termidor” es “normalizar” un proceso revolucionario, o sea, aburguesarlo. Privado el proceso del sujeto del cambio, las narrativas que se adoptan para dirigir el proceso ya no se deducen de lo que el pueblo cree sino de lo que la dirigencia cree. Y lo que cree la dirigencia no es otra cosa sino el mismo mundo que nos condena a la miseria. Por eso replican la paradoja señorial: pudieron ser los impulsores de otro mundo, pero esa dirigencia (ahora también señorial) es incapaz de reunir ninguna de las condiciones subjetivas ni objetivas para auto-transformarse a sí misma.

Este nuevo momento no se da por obra y gracia de una dirigencia que ahora pretende una lucidez ausente pre y post golpe. ¿Qué claridad indiscutible poseen ahora, si en su debido momento no sabían qué hacer? Esa “clarividencia” e “infalibilidad” que ahora presumen, debía desenmascarar y desmontar, la insurgencia fascista que, mediante el genocidio, pretendía aniquilar al pueblo y su horizonte utópico. Porque el golpe fue contra el pueblo y el pueblo así lo comprendió cuando los fascistas osaron quemar la wiphala. El pueblo se autoconvocó; de ese modo resistió y venció al golpe; no gracias sino a pesar de una dirigencia que, en su ausencia y retirada, ratificó su distanciamiento del proyecto indígena-popular.

Un nuevo momento del “proceso de cambio” significa la restitución, pero ya no demagógica, del horizonte plurinacional, la descolonización y el vivir bien. La actual purga que se quiere instalar, empezando por apartar al vicepresidente Choquehuanca, no es otra cosa que la instalación del régimen del miedo, del amedrentamiento de todo disenso, y eso significa no entender la política misma. Porque nadie, en política, se representa sólo a sí mismo, sino a la masa crítica que hace posible su presencia. Y nadie puede negar que el triunfo del MAS en las últimas elecciones se la debe a hermanos ninguneados por la anterior cúpula de poder, como son el Mallku Felipe Quispe, Orlando Gutiérrez y David Choquehuanca.

Su vigencia se corresponde con la vigencia del proyecto indígena-popular; porque es lo que ha reafirmado al “proceso de cambio” y ha recuperado sus banderas iniciales; aquello que hizo posible la resistencia y la derrota del golpe. La purga desatada, sólo provoca lo que supuestamente pretenden evitar: la división del MAS y su desarticulación como unidad en torno a un proyecto (no a una dirigencia que, es siempre, y debería serlo, pasajera). Pero, en esa apuesta peligrosa, desarticula también al bloque popular y desplaza el horizonte plurinacional por el más crudo y pedestre cálculo político, es decir, la reconquista del poder a toda costa. Para colmo, otra vez, genera las posibilidades para que la derecha asalte nuevamente el poder político, viendo de palco, el desmoronamiento interno del MAS.

Este nuevo momento debía consolidar al poder popular en cuanto poder constituyente y el continuo ejercicio deliberativo debía generar la escuela política de la “revolución democrático-cultural”. Pero el tufillo del triunfo despertó la ilusión de que el triunfo era un obsequio del pueblo para el líder y su cúpula. Las elecciones subnacionales ya debieron demostrarles que sus decisiones, al margen del pueblo, sólo conducen a nuevos fracasos.

Querían cambiar el Estado, pero no pueden imaginarse siquiera fuera de ese Estado que tanto critican, porque ellos mismos lo encarnan. Por eso se hacen poder burocrático y reducen lo político a la inercia de la lógica administrativa de un Estado-empresa fantasma. Se dice que es imposible transformar un Estado con las leyes vigentes, pero, además, la lógica del “termidor” encuentra en la fetichización de la ley vigente, las condiciones para que el poder burocrático se instale como poder político, es decir, con capacidad de decisión por encima de lo programático, es decir, de lo político-estratégico. En ese sentido, a lo único que apunta la lógica del “termidor”, en esta “normalización” de una revolución, es a cumplir diligentemente con lo establecido, reduciendo todo a la pura mediocridad.

El “termidor” no se arriesga. Una vez que tiene el poder, el miedo a perderlo lo obliga a negociar y para negociar necesita operadores. Entonces, mientras más apremia el cálculo y las negociaciones, más el pueblo se hace irrelevante. Este divorcio es lo que termina por disolver los contenidos revolucionarios y la tarea del “termidor” se halla cumplida: “normalizar” significa entonces, apagar la hiperpotencia popular mediante un nuevo desencantamiento.

Por ello la esperanza siempre está en las bases; los verdaderos cambios nunca vienen de arriba sino desde abajo. La intermediación política, que es otra faceta del “termidor”, es la que nos hace creer que el pueblo no sabe, que al pueblo hay que hablarle facilito, como a un “menor de edad” (de allí nace la idea vanguardista de creerse insustituible e infalible); por eso se cree que ir al pueblo es “bajar”, cuando se debiera interpretar al revés: para ser pueblo hay que ascender a donde el pueblo ya se encuentra como proyecto, como sujeto.

Esta intermediación política es la secularización de la intermediación religiosa; la religión instituida como poder de administración de las creencias en cuanto miedo y control. En esto, los ateos revolucionarios que hacen de la intermediación un vanguardismo jerarquizado, sin saberlo, son más cristianos que la “santa Iglesia católica y romana”. Por eso, cuando hablamos del “termidor”, nos referimos también a una historia y una tradición. El primer “termidor”, en este sentido, aparecería cuando el cristianismo se hace imperial y después, en la tradición occidental, cuando toda revolución, de base profundamente democrática y popular, es traicionada por una lógica de inversión de los principios y valores revolucionarios y la instalación de una ortodoxia que decide, en lo futuro (al margen de los sujetos protagonistas de la revolución), la definición ortodoxa de ésta y su burocratización.

Esa tradición es la que decanta en la modernidad como política aristocrática de desprecio al pueblo y penetra en el sentido común mediante el discurso de la desigualdad (básica en toda pretensión imperial). Con el racismo metafísico moderno se “naturaliza” la desigualdad humana y funda la clasificación social y la división del trabajo, los roles y funciones. Entonces, lo más conservador también anida y se repone en el campo revolucionario; sólo desde allí puede recibir una nueva legitimación. El “termidor” está para eso.

Por eso hace de la intermediación política, el nicho desde el cual pervierte el sentido de lo mesiánico (concepto que proviene de una narrativa de liberación y no del cristianismo imperializado) y condena al pueblo a la dependencia de una representación que, mientras más usurpa la voluntad popular, más diluye la potencia de esa voluntad que no es sino el verdadero poder revolucionario. Por eso, desde una tradición profético-crítica, el verdadero mesías no es un individuo sino el pueblo constituido en sujeto; y el verdadero líder no es el que sustituye al pueblo sino el profeta que anuncia al mesías, es decir, al “pueblo en tanto que pueblo”. Porque ser pueblo no es una manifestación automática sino un proceso, un pasaje, por el cual, de la consciencia, llega el pueblo a ser autoconsciencia histórica de sí mismo; cuando todo nuestro pasado y sus futuros no cumplidos encuentran su redención en la revolución presente. Ese es el “ahora es cuando”.

 
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